"Estamos conectados en todos y cada uno de los lugares, así que
cuando piense esta palabra, tú ya lo sabrás"
(Ayumi Hamasaki, "Connected")
Hace poco un amigo de Ikki dijo una cosa que me impactó muchísimo, porque me sentí muy identificado... y es una de esas rarezas que crees que nadie más, o muy pocos más, podrían compartir.
Hablaban de no sé qué serie de televisión que este chico había decidido ver... en la propia televisión. Para mucha gente (yo incluido) la televisión es un cacharro bastante inútil en la casa, ya que la mayoría de las cosas que vemos están en internet, donde uno puede elegir constantemente qué ver y a qué hora verlo (y esto a su vez a veces creo que ha sido la causa que me ha convertido en un impaciente incapaz de sentarse y concentrarse diez minutos en un solo tema... ¿aunque quizá ya era así e internet no hace sino facilitármelo? Quién sabe).
Pero bueno, volviendo al tema, la verdad es que con internet la tele sobra bastante, en teoría. ¿Y por qué entonces este chico decidió verlo por la tele? En sus propias palabras, para sentirse "conectado con la masa". Sentir que lo que estaba viendo en ese instante lo estaba viendo más gente y estaban sintiendo las mismas cosas que él. Me sobresaltó mucho oirle decir eso, porque enseguida me recordé a mí mismo haciendo algo muy parecido un tiempo atrás.
Hace unos años (después se ha repetido en momentos esporádicos, pero entonces era constante), pasé una racha en la que escuchar discos me provocaba una extraña y bastante angustiosa sensación de aislamiento con respecto al mundo. A lo mejor esto os hace gracia, pero la sensación era incluso más fuerte si las canciones que escuchaba eran bastante antiguas y poco conocidas, porque esto por lo tanto significaba que era más improbable aún que nadie más en el mundo estuviese escuchando esa misma canción en ese mismo momento.
Necesitaba escuchar la radio. Pero la cosa iba más allá, porque concretamente necesitaba escuchar algún programa que se emitiese en directo y en el que hablaran personas. Vamos, que el típico programa de música, probablemente grabado de antemano, en el que el DJ presenta la canción en diez segundos y el resto es música no me servía. Ahora mientras lo escribo voy reflexionando y de pronto caigo en la cuenta de que programas como "Hablar por hablar" existen entre otras cosas porque muchas otras personas se han sentido como yo. En este sentido ese programa era perfecto. Gente que sentía sola o que necesitaba compartir algo aquí y ahora, o que generosamente llamaba a la radio para tratar de hacer sentir mejor a alguien que hubiese explicado un problema antes. Alguna gente era de verdad un amor y me daban muchas ganas de conocerlos en persona...
La verdad es que en aquella época sentía una especie de desazón constante que aumentaba por las noches con la soledad y la oscuridad, y solamente esta sensación de contacto humano me tranquilizaba algo. En una ocasión le explicaba esto a una persona y me daba la sensación de que no me entendía del todo, que era una de esas vivencias íntimas que nunca puedes lograr comunicar totalmente... aunque me dijo que sí y que en ocasiones uno se sentía solo.Ya ves, no era nada tan raro, y eso sumado al hecho de Ikki precisamente notaba a este amigo distinto de lo habitual, más apagado, es una prueba más...
Internet ha traído miles de cosas buenas, como la posibilidad precisamente de conectar con muchísima gente con la que normalmente no podrías. Pero aunque solo sea por esta pequeña facultad de la tele de que lo que emite lo vemos todos a la vez, quizás la caja tonta sea tonta la mayoría de las veces, pero también entrañable y una pequeña forma de estar todos conectados.
martes, 17 de julio de 2012
martes, 10 de julio de 2012
La ventana
Recientemente Arwen se ha marchado de esta ciudad rumbo a su pueblo natal. La razón, esa que ya os podéis imaginar; la misma por la que la gente que puede está constantemente en busca de un sitio donde sobrevivir, y la que no puede se desespera ante lo negra que que ha puesto la cosa.
Sólo había hablado una vez de ella, pero la verdad es que de cierta manera ha tenido un papel importante en estos últimos meses de mi vida. Ella era mi ventana abierta a otros mundos, otras vidas, otras formas de ver y hacer las cosas. Tratar de hacerme amigo de ella fue uno de esos pequeños saltos mortales que a veces das, porque sabes que aunque la caída puede ser dura, también existe la posibilidad de que tu vida cambie y aparezcan caminos nuevos. ¿Podía yo, con mis gustos más bien convencionales, con mi vida aburguesada, con mi pequeño mundo casi intacto, hacerme amigo de esta persona que ha estado en sitios donde nunca he ido, que ha probado cosas que ni conozco, que ha conocido a gente al borde y probablemente fuera de la ley? Podía intentarlo. Hemos tenido poco tiempo y quizás las diferencias eran demasiado grandes, pero en una parte, quizá no muy grande pero válida, hemos conectado. Además de todo este mundo turbulento, Arwen tiene también una calidez y un humor que lo hacen todo más fácil.
No logré llegar a agradecérselo de verdad, haciéndole saber lo mucho que había significado para mí. Seguramente nunca llegará a leer esto, pero al menos me gustaría dejar esto por escrito. Gracias por todas las cosas que he hecho y que he descubierto gracias a ti. El couchsurfing (¿nos lanzaremos?), el humus, aquella canción, y sobre todo, por ser lo que más significó para mí, la posibilidad de subirme a aquel pequeño escenario aquella noche en aquel pequeño bar al que de otra forma nunca hubiéramos ido, y leer delante de un montón de desconocidos unos poemas bajo la luz de una pequeña lámpara que impedía ver nada más allá. Gracias.
Sólo había hablado una vez de ella, pero la verdad es que de cierta manera ha tenido un papel importante en estos últimos meses de mi vida. Ella era mi ventana abierta a otros mundos, otras vidas, otras formas de ver y hacer las cosas. Tratar de hacerme amigo de ella fue uno de esos pequeños saltos mortales que a veces das, porque sabes que aunque la caída puede ser dura, también existe la posibilidad de que tu vida cambie y aparezcan caminos nuevos. ¿Podía yo, con mis gustos más bien convencionales, con mi vida aburguesada, con mi pequeño mundo casi intacto, hacerme amigo de esta persona que ha estado en sitios donde nunca he ido, que ha probado cosas que ni conozco, que ha conocido a gente al borde y probablemente fuera de la ley? Podía intentarlo. Hemos tenido poco tiempo y quizás las diferencias eran demasiado grandes, pero en una parte, quizá no muy grande pero válida, hemos conectado. Además de todo este mundo turbulento, Arwen tiene también una calidez y un humor que lo hacen todo más fácil.
No logré llegar a agradecérselo de verdad, haciéndole saber lo mucho que había significado para mí. Seguramente nunca llegará a leer esto, pero al menos me gustaría dejar esto por escrito. Gracias por todas las cosas que he hecho y que he descubierto gracias a ti. El couchsurfing (¿nos lanzaremos?), el humus, aquella canción, y sobre todo, por ser lo que más significó para mí, la posibilidad de subirme a aquel pequeño escenario aquella noche en aquel pequeño bar al que de otra forma nunca hubiéramos ido, y leer delante de un montón de desconocidos unos poemas bajo la luz de una pequeña lámpara que impedía ver nada más allá. Gracias.
sábado, 2 de junio de 2012
Infidelidad
Hay gente alrededor de la cual ocurren cosas.
Arwen es una de ellas. Al poco de conocerla, en uno de estos cursillos que uno hace de vez en cuando y en los que conoces a gente variopinta con la que quizás nunca más vuelves a cruzarte, me di cuenta de que era distinta. Una de estas personas que hace comentarios arriesgados (y certeros). Que aparece por la mañana con cara de haber tenido muy mala (o muy buena) noche. Con una mirada cálida y a la vez pertubadora.
Aprovechando la excusa de un concierto, por primera vez en mi vida que yo recuerde hice un esfuerzo personal por acercarme a alguien: a ella. Normalmente mi timidez hace que sea la gente la que se acerque a mí, ya que siempre me pesa la idea de que si muestro interés en la gente pueden pensar que tengo alguna clase de interés turbio, que pretendo algo, que soy un friki perturbado o patético... Bueno, toda una serie de pensamientos absurdos y nada sanos que no sirven para nada más que para frenarte y acabar no haciendo cosas.Si pretendí acercarme a alguien así, supongo que una parte de mi interior me está pidiendo una revolución personal.
Poco a poco hemos ido viéndonos más veces. Arwen es una persona muy alternativa, con (muchísimos) amigos muy aventureros, atrevidos y politizados. Esta gente que vive vidas bohemias e imprevisibles, que se plantan en casas de los miles de amigos que tienen repartidos por el país y el mundo entero, que han probado todo tipo de drogas y han tenido todo tipo de experiencias sexuales... En fin, a su lado soy una persona convencional, aburrida, aburguesada e insípida; así que si alguna conexión tenemos supongo que es la del gusto por la literatura y el darle muchas vueltas a las cosas. La verdad es que me resulta una persona fascinante.
El otro día en una de las veces que hemos quedado, conocí a un chico; vamos a llamarlo Xavier. Dato clave: Ikki en aquel momento se encontraba lejos, de visita en su pueblo. El tal Xavier era un tipo de chico gay que no se suele conocer. Es más, nunca antes he conocido a nadie así. Imagínate a un chico alternativo, de corte de pelo medio punk, ropa con agujeros, piercing de aro en las fosas nasales, capaz de hablar de política y sociedad. Y homosexual. No, no es muy típico.
Y este chico atípico, al poco rato (¿minutos?) de conocerle, empieza a flirtear conmigo sin ningún rodeo. Que si Ikki estaba muy lejos, que si cuando volvía, que por qué no le enseñaba mi casa, que si nada iba a salir de los que estábamos allí, que si nada se nada se sabe nada ha pasado... Y esto para empezar. En seguida se me plantó delante, me agarró la mano y me la plantó en su entrepierna, que ya se estaba empalmando. En aquel instante Arwen y su amiga se habían ido a otro cuarto a coger una cosa, y aprovechando el instante a solas, Xavier se lanzó más aún y finalmente se la sacó, y me insistió en que se la agarrara. Y sí, lo hice.
No, no pasó nada más. Me plantó un beso en los labios, y empezamos un "debate" sobre la fidelidad versus la infidelidad, con todos estos argumentos usados siempre: si es un invento humano, si en realidad es algo artificial, si lo que importan son los sentimientos, si lo que cuenta es lo que las personas acuerden...
Voy a seros sincero. No sé qué pensar. Sí, me temo que lo "natural" es la infidelidad, y si nos ponemos, también la promiscuidad, porque a nivel animal nuestro objetivo es multiplicarnos. Pero el problema de los humanos es que ni somos completamente animales ni en definitiva dejamos de ser completamente animales. Entra en juego la conciencia de nosotros mismos y de los demás, la cultura, la enseñanza y mil ingredientes más que no afectan a los delfines o a las grullas o a los perros, pero estamos hechos de carne y hueso como ellos. A lo que voy, sin irme por las ramas, es que quizás en el caso de un humano, existe el enamoramiento, y en teoría cuando estás enamorado sólo te ocupa la mente esa persona, y quizás ni necesitas, ni quieres ser infiel.
Estuve a nanocentímetros de serle infiel a Ikki, y la distancia es tan pequeña que no puedo evitar preguntarme hasta qué punto no se podría decir que sí lo fui. Esa noche apenas dormí nada y entré en una espiral de dudas e inestabilidad que sigue hasta hoy. No me lo puedo negar a mí mismo: a veces echo de menos tener relaciones con otras personas. Ikki y yo a veces hemos flirteado con la idea de la pareja abierta en plan broma, pero nunca hemos decidido llevarlo a cabo. Y lo más importante: ¿sería eso la solución a todo? ¿Es eso lo que de verdad deseo? ¿Hay alguna salida que no conlleve dolor?
viernes, 18 de mayo de 2012
Hacer algo
El otro día tuve una especie de momento de revelación. Supongo que a todos nos pasa alguna vez. Ocurre algo que de repente nos obliga a vernos en el espejo. Y el reflejo no es agradable.
Nos fuimos Ikki y yo a buscar un jersey a unos conocidos grandes almacenes. Después de dudarlo un rato, me decidí por uno bastante caro, que me había gustado mucho. "Para eso me levanto cada mañana a trabajar", o algo similar, pensé como autojustificación. Salíamos felizmente de allí, cuando nos topamos inesperadamente con la manifestación del 15M. Ya había pasado el sábado de la celebración, pero era el día exacto del aniversario, y aquello estaba en plena ebullición. Y yo con aquellas bolsas de este gran almacén, paseando entre gente dedicando su tiempo a intentar cambiar el mundo.
Me sentí asqueroso. Un aburrido acomodado aburguesado al que verdaderamente no le importan las injusticias sociales con tal de que él pueda pagarse su caprichito tonto. ¿Y sabéis lo peor de todo? Que no es sólo una sensación pasajera. En gran parte es cierto. Sería demasiado decir que me la suda completamente todo lo que está ocurriendo, que no deseo un cambio político y social radical, que no tengo ganas de que las cosas cambien radicalmente, ya no sólo en España, sino en el mundo entero. El mundo, visto en conjunto, es un lugar atroz.
Pero no puedo negar que me importa también la ropa que llevo, y que no deja de ser un acto de profunda superficialidad gastarse un dinero excesivo en una pieza de ropa que, estrictamente hablando, no necesitaba, cuando sabes muy bien que ese dinero puede provocar un cambio real en la vida de una persona (al menos una) si lo pones en las manos adecuadas.
Al día siguiente, en uno de esos momentos en los que da la sensación de que las cosas ocurren según un guión planeado por algún ente superior, ocurrió algo que fue el golpe definitivo. Iba montado en el autobús, camino del trabajo. Leía algo, un libro, el periódico, no sé. De repente, y recuerdo claramente no tener ningún motivo concreto para hacerlo, giré la cabeza hacia mi izquierda. Un chico sentado, dormitando. Con una sudadera de hace uno o dos años que yo también tengo. En la que pensé mientras me compraba esa otra. Que en el fondo no necesitaba, que sólo quería por el placer de tener algo nuevo.
Con un poso de inseguridad pesando por dentro, no había llegado a cortar la etiqueta del jersey. Así que en cuanto tuvimos una tarde libre, fuimos a una sucursal de la tienda en cuestión (no a la misma exactamente, ya que en aquella la chica había sido muy simpática y me había visto dudar un poco, y se me caía la cara de vergüenza, francamente). Y devolví la prenda.
Ahora queda la parte más difícil. Hacer de verdad algo, algo que sirva y que valga la pena.
Nos fuimos Ikki y yo a buscar un jersey a unos conocidos grandes almacenes. Después de dudarlo un rato, me decidí por uno bastante caro, que me había gustado mucho. "Para eso me levanto cada mañana a trabajar", o algo similar, pensé como autojustificación. Salíamos felizmente de allí, cuando nos topamos inesperadamente con la manifestación del 15M. Ya había pasado el sábado de la celebración, pero era el día exacto del aniversario, y aquello estaba en plena ebullición. Y yo con aquellas bolsas de este gran almacén, paseando entre gente dedicando su tiempo a intentar cambiar el mundo.
Me sentí asqueroso. Un aburrido acomodado aburguesado al que verdaderamente no le importan las injusticias sociales con tal de que él pueda pagarse su caprichito tonto. ¿Y sabéis lo peor de todo? Que no es sólo una sensación pasajera. En gran parte es cierto. Sería demasiado decir que me la suda completamente todo lo que está ocurriendo, que no deseo un cambio político y social radical, que no tengo ganas de que las cosas cambien radicalmente, ya no sólo en España, sino en el mundo entero. El mundo, visto en conjunto, es un lugar atroz.
Pero no puedo negar que me importa también la ropa que llevo, y que no deja de ser un acto de profunda superficialidad gastarse un dinero excesivo en una pieza de ropa que, estrictamente hablando, no necesitaba, cuando sabes muy bien que ese dinero puede provocar un cambio real en la vida de una persona (al menos una) si lo pones en las manos adecuadas.
Al día siguiente, en uno de esos momentos en los que da la sensación de que las cosas ocurren según un guión planeado por algún ente superior, ocurrió algo que fue el golpe definitivo. Iba montado en el autobús, camino del trabajo. Leía algo, un libro, el periódico, no sé. De repente, y recuerdo claramente no tener ningún motivo concreto para hacerlo, giré la cabeza hacia mi izquierda. Un chico sentado, dormitando. Con una sudadera de hace uno o dos años que yo también tengo. En la que pensé mientras me compraba esa otra. Que en el fondo no necesitaba, que sólo quería por el placer de tener algo nuevo.
Con un poso de inseguridad pesando por dentro, no había llegado a cortar la etiqueta del jersey. Así que en cuanto tuvimos una tarde libre, fuimos a una sucursal de la tienda en cuestión (no a la misma exactamente, ya que en aquella la chica había sido muy simpática y me había visto dudar un poco, y se me caía la cara de vergüenza, francamente). Y devolví la prenda.
Ahora queda la parte más difícil. Hacer de verdad algo, algo que sirva y que valga la pena.
martes, 24 de abril de 2012
Momentos de verdad
No sé si he batido el record de tardanza en actualizar el blog o ha habido épocas peores, pero como mínimo me siento más bloqueado que nunca a la hora de actualizarlo. A veces en cualquier circunstancia de la vida me viene a la mente algo que querría escribir aquí, pero luego a la hora de escribirlo es como si hubiera una barrera invisible que me impidiera hacerlo... eso cuando no he tenido que dejar guardado un post a medias por falta de tiempo, y cuando he querido completarlo y publicarlo, ya lo que contaba me parece irrelevante. ¿Pasará este nuevo intento a ingresar la lista de cadáveres o lograré por fin volver al ruedo?
El caso es que estos días me ronda la mente una idea recurrente (perdón por la rima). A ver si lo sé explicar. En la vida, la mayor parte del tiempo, seguimos una rutina y nos comportamos según un protocolo para cada ocasión. Hay una serie de frases adecuadas para estas personas en estas circunstancias, hay un orden en que hacer el trabajo, hay unos horarios, hay unas formas de saludar...
Y hay momentos en los que todo lo que está pasando es completamente genuino, cada frase que se pronuncia proviene de verdad del interior, nos comportamos de forma totalmente libre y sentimos a un nivel mucho más profundo todo lo que está pasando. ¿Cómo se reconocen estos momentos? Pues el único inidcador claro que tengo es que cuando ese momento ha pasado, te das cuenta de lo intenso que es su recuerdo y la sensación tan especial que te ha imprimido. Pueden pasar años y aún te viene a la mente aquel diálogo, aquel sitio, y la sensación de que en ese momento todo estaba siendo auténtico, todo importaba de verdad.
Recientemente volvía a ver Titanic, y me dio la sensación de que si la película nos impactó tanto en su momento, y ahora, años después, sigue siendo tan recordada, es porque está llena de esos momentos. Al principio de la historia Kate Winslet vive en piloto automático, y se dirige a la nada absoluta de forma imparable. De repente se cruza con el personaje de Leo, que vive completamente al día, improvisa constantemente y disfruta de cada instante. Y a partir de ese momento, la vida de Rose da un giro absoluto y se llena de momentos auténticos en el transcurso de unos pocos días. La película sólo nos da pinceladas de su vida posterior, pero es fácil imaginarse que si fuese una persona real, la experiencia de esos pocos días en el barco la habría recordado como un faro de luz después de años de oscuridad viviendo como un zombi. El momento crucial en el que de repente entró en contacto con su verdadero yo y reunió las fuerzas necesarias para dar un giro completo a su vida.
Desde luego nunca me ha pasado nada tan épico como lo que cuenta la película (es una peli, al fin y al cabo), pero sí tengo guardado un puñado de momentos especiales. Recientemente, en el aeropuerto, un chico hindú se acercó a pedirme ayuda por no entenderse en inglés con los empleados del aeropuerto. Yo en ese momento tenía prisa y no podía perder mucho tiempo, pero tenía tal cara de desesperación y parecía tan buena gente que no pude dejarle tirado, por lo que me paré a ayudarle en lo que pude con los billetes y las máquinas de facturación. Afortunadamente todo se arregló en un rato, así que le deseé buena suerte y me despedí rumbo a mi vuelo. El chico me lo agradeció con palabras y con todo su gesto, y ya no supe más. Después me quedó pena por no haber podido hablar un poco más, y preguntarle qué le traía a venir solo desde tan lejos al lugar tan concreto al que iba (una zona de España vecina a la mia), con escala en Múnich.
Los aeropuertos me fascinan y me producen una melancolía rara, porque son lugares extraños y propensos para situaciones así; una tierra de nadie donde se cruza gente de todas partes, gente que proviene de lugares muy lejanos y con vidas completamete dispares, y que probablemente nunca más se cruzarán contigo... Y a veces, muy raras veces, algo como esto ocurre y durante un instante en el tiempo, un chispazo nada más, tu vida y la de esa otra persona se alinean, para luego volverse a separar para siempre.
El caso es que estos días me ronda la mente una idea recurrente (perdón por la rima). A ver si lo sé explicar. En la vida, la mayor parte del tiempo, seguimos una rutina y nos comportamos según un protocolo para cada ocasión. Hay una serie de frases adecuadas para estas personas en estas circunstancias, hay un orden en que hacer el trabajo, hay unos horarios, hay unas formas de saludar...
Y hay momentos en los que todo lo que está pasando es completamente genuino, cada frase que se pronuncia proviene de verdad del interior, nos comportamos de forma totalmente libre y sentimos a un nivel mucho más profundo todo lo que está pasando. ¿Cómo se reconocen estos momentos? Pues el único inidcador claro que tengo es que cuando ese momento ha pasado, te das cuenta de lo intenso que es su recuerdo y la sensación tan especial que te ha imprimido. Pueden pasar años y aún te viene a la mente aquel diálogo, aquel sitio, y la sensación de que en ese momento todo estaba siendo auténtico, todo importaba de verdad.
Recientemente volvía a ver Titanic, y me dio la sensación de que si la película nos impactó tanto en su momento, y ahora, años después, sigue siendo tan recordada, es porque está llena de esos momentos. Al principio de la historia Kate Winslet vive en piloto automático, y se dirige a la nada absoluta de forma imparable. De repente se cruza con el personaje de Leo, que vive completamente al día, improvisa constantemente y disfruta de cada instante. Y a partir de ese momento, la vida de Rose da un giro absoluto y se llena de momentos auténticos en el transcurso de unos pocos días. La película sólo nos da pinceladas de su vida posterior, pero es fácil imaginarse que si fuese una persona real, la experiencia de esos pocos días en el barco la habría recordado como un faro de luz después de años de oscuridad viviendo como un zombi. El momento crucial en el que de repente entró en contacto con su verdadero yo y reunió las fuerzas necesarias para dar un giro completo a su vida.
Desde luego nunca me ha pasado nada tan épico como lo que cuenta la película (es una peli, al fin y al cabo), pero sí tengo guardado un puñado de momentos especiales. Recientemente, en el aeropuerto, un chico hindú se acercó a pedirme ayuda por no entenderse en inglés con los empleados del aeropuerto. Yo en ese momento tenía prisa y no podía perder mucho tiempo, pero tenía tal cara de desesperación y parecía tan buena gente que no pude dejarle tirado, por lo que me paré a ayudarle en lo que pude con los billetes y las máquinas de facturación. Afortunadamente todo se arregló en un rato, así que le deseé buena suerte y me despedí rumbo a mi vuelo. El chico me lo agradeció con palabras y con todo su gesto, y ya no supe más. Después me quedó pena por no haber podido hablar un poco más, y preguntarle qué le traía a venir solo desde tan lejos al lugar tan concreto al que iba (una zona de España vecina a la mia), con escala en Múnich.
Los aeropuertos me fascinan y me producen una melancolía rara, porque son lugares extraños y propensos para situaciones así; una tierra de nadie donde se cruza gente de todas partes, gente que proviene de lugares muy lejanos y con vidas completamete dispares, y que probablemente nunca más se cruzarán contigo... Y a veces, muy raras veces, algo como esto ocurre y durante un instante en el tiempo, un chispazo nada más, tu vida y la de esa otra persona se alinean, para luego volverse a separar para siempre.
domingo, 29 de enero de 2012
It all gets out of hand
I walk a mile with a smile (...)
I don't know anyone 'round here
but I'm safe this time...
Este fragmento es de la canción Shiver, de Natalie Imbruglia. No, no tiene nada que ver en concreto con lo que quiero contar. Ni siquiera sé exactamente lo que quiero contar... Esta canción me transmite una enorme melancolía, en parte por la voz de Natalie, y en parte porque me recuerda a un momento de mi vida, 2005, en que estaba todo por empezar.
Tenía por delante una tremenda montaña rusa de sentimientos, de dolor, de felicidad, de soledad, de amor, de vivir las cosas con una intensidad dolorosa. Cuando, de camino al aburrido trabajo que tenía en aquella época, canturreaba esta canción, no sabía que por delante me esperaba, muy pronto, irme a vivir solo a una nueva ciudad, hacer unos nuevos estudios, volverme a enamorar, y esta vez, gran cambio, tener la oportunidad real de estar con esa persona. Y ser besado y estimado, de alguna manera, por él, y compartir la cama y tener una primera vez que no era la primera vez, pero sí la primera que tuvo significado real... y sentir esa terrible sensación de que te partan el corazón en mil pedazos... dos veces seguidas. Y saber a continuación lo que es la soledad más absoluta del mundo.
Desde entonces todo, lentamente, se fue resolviendo, y quién me iba a decir que unos años después habría vencido a la soledad, habría conocido a otra persona y habría encarrilado mi vida para llevarla hasta un punto de estabilidad y seguridad. Mi trabajo, mis amigos, mi novio formal Ikki, todo arreglado.
Y aunque os parezca mentira, en estos momentos echo de menos sin embargo el caos y el dolor de 2005 y 2006, porque siento que entonces vivía con intensidad. A menudo Ikki medio en broma medio en serio quiere indagar sobre esas dos personas de aquella época "que me dejaron tanta huella", y yo zanjo el tema también medio en broma. Pero lo cierto es que la huella dura hasta hoy. Nunca he podido olvidar a Damián, por mucho que pasa el tiempo, y es terrible porque esa historia queda muy atrás en el tiempo y me desanima sentir que aún la arrastro.
El pensamiento terrible es que quizás a veces según quién y cómo te rompa el corazón, puede que luego nunca llegue a arreglarse del todo, y te quedes para siempre con un corazón defectuoso que no puede amar igual de fuertemente que antes. Tuve esta sensación desde el momento en que Damián pronunció las palabras definitivas, y de verdad quisiera que antes o después la vida me demuestre que estaba equivocado, que el tiempo sí lo cura todo.
I don't know anyone 'round here
but I'm safe this time...
Este fragmento es de la canción Shiver, de Natalie Imbruglia. No, no tiene nada que ver en concreto con lo que quiero contar. Ni siquiera sé exactamente lo que quiero contar... Esta canción me transmite una enorme melancolía, en parte por la voz de Natalie, y en parte porque me recuerda a un momento de mi vida, 2005, en que estaba todo por empezar.
Tenía por delante una tremenda montaña rusa de sentimientos, de dolor, de felicidad, de soledad, de amor, de vivir las cosas con una intensidad dolorosa. Cuando, de camino al aburrido trabajo que tenía en aquella época, canturreaba esta canción, no sabía que por delante me esperaba, muy pronto, irme a vivir solo a una nueva ciudad, hacer unos nuevos estudios, volverme a enamorar, y esta vez, gran cambio, tener la oportunidad real de estar con esa persona. Y ser besado y estimado, de alguna manera, por él, y compartir la cama y tener una primera vez que no era la primera vez, pero sí la primera que tuvo significado real... y sentir esa terrible sensación de que te partan el corazón en mil pedazos... dos veces seguidas. Y saber a continuación lo que es la soledad más absoluta del mundo.
Desde entonces todo, lentamente, se fue resolviendo, y quién me iba a decir que unos años después habría vencido a la soledad, habría conocido a otra persona y habría encarrilado mi vida para llevarla hasta un punto de estabilidad y seguridad. Mi trabajo, mis amigos, mi novio formal Ikki, todo arreglado.
Y aunque os parezca mentira, en estos momentos echo de menos sin embargo el caos y el dolor de 2005 y 2006, porque siento que entonces vivía con intensidad. A menudo Ikki medio en broma medio en serio quiere indagar sobre esas dos personas de aquella época "que me dejaron tanta huella", y yo zanjo el tema también medio en broma. Pero lo cierto es que la huella dura hasta hoy. Nunca he podido olvidar a Damián, por mucho que pasa el tiempo, y es terrible porque esa historia queda muy atrás en el tiempo y me desanima sentir que aún la arrastro.
El pensamiento terrible es que quizás a veces según quién y cómo te rompa el corazón, puede que luego nunca llegue a arreglarse del todo, y te quedes para siempre con un corazón defectuoso que no puede amar igual de fuertemente que antes. Tuve esta sensación desde el momento en que Damián pronunció las palabras definitivas, y de verdad quisiera que antes o después la vida me demuestre que estaba equivocado, que el tiempo sí lo cura todo.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
El mal trago diario
Antes de soltar todo lo que viene a continuación: considero, pese a lo que voy a decir, que mis compañeros son en general muy buenos y he tenido suerte con ellos. Y dicho esto...
Las situaciones que más ansiedad me generan están casi siempre relacionadas con ser el centro de atención de mucha gente. Básicamente, más de dos personas ya empieza a ser un público inquietante. Pues resulta que en mi nuevo trabajo, se da una situación así a diario la hora de comer. Es costumbre de la empresa sentarse todos a la mesa a determinada hora y comer juntos. Para mí se traduce básicamente en una hora diaria de tensión. He tratado de analizar las razones y no termino de entenderlo del todo, pero supongo que la mezcla de persobalidades que se juntan y los roles que desempeña cada uno forman un cóctel muy desestabilizador para mí. En esta mesa se juntan: compañeros que digamos están en mi mismo grupo, mi superior inmediato, su superior inmediato y el "líder en la sombra", o sea, alguien que no es exactamente jefe pero cuyas opiniones tienen un gran peso en la empresa. Entre algunas de estas personas hay mucha historia personal revuelta, y bajo la superficie de "comida cordial" hay mucha tensión subterránea, y no son raras las indirectas y las risas irónicas.
Pero me parece que esto no es verdaderamente lo que me hace pasarlo mal, sino el propio número de personas que se juntan... y el humor. El humor en esta ciudad, por lo que he podido ver, es algo así como una pelota de tenis: te lo lanzan agresivamente a tu campo, y o bien puedes devolverla con una volea afilada ("¡Porque no me sale de los cojones!"), o hacer un revés inesperado (inserta aquí esa respuesta humorística que le da la vuelta a la tortilla, y hace que todos rían con la chispa del autor), o bien puedes dejarla escapar o golpearla torpemente haciendo que vuele en una suave parábola carente de fuerza hacia tu rival, lista que para que te machaque de un remate. Adivinidad cuál suele ser mi caso.
Estas conversaciones de atacarse humorísticamente unos a otros se me dan fatal, supongo que porque no es mi estilo de comunicación, y con mis amigos no hablamos de esta manera, por lo que no se me ocurren nunca respuestas graciosas o tajantemente cortantes. Siguiendo con el ejemplo del tenis, mi estilo digamos que es un tranquilo peloteo amistoso con alguna bola cómicamente inesperada de vez en cuando, jajajaja.
Supongo que esta forma de comunicarse tiene la parte positiva de que te están tratando con confianza nada más conocerte: resulta bruto pero al mismo tiempo es una muestra de simpatía, una forma de ser acogedores. Sé que no hacen esas bromas con mala intención. Pero ocurre que en todo esto se mezcla un problema mío de mucho tiempo atrás: que aparte de Fs soy concretamente eritrofóbico, y claro, imaginaos una mesa perfectamente iluminada con unas siete personas dispuestas a clavar su mirada en ti en el momento menos pensado. Algún día ante cualquier estupidez me voy a poner como un semáforo inexplicablemente, y alguien va a decir la temida frase, y entonces no sé qué voy a hacer.
Los que conozcáis esta fobia sabréis que tiene un mecanismo muy retorcido que hace que se manifieste de maneras inesperadas. Un ejemplo del otro día: se hablaba de cierto actor famoso que todos en la mesa consideraban por unanimidad horrible físicamente (obviamente no se trataba de ningún guaperas al uso, sino del tipo de persona que hace de secundario cómico o quizá de personaje dramático en películas más alternativas).
Un apunte al margen: a veces parece que la gente, cuando habla de lo guapo u horrible que es tal o cual famoso/a, parece que le estén juzgando a todo él como persona. "Me encanta Fulanita . Es guapísima." (Imagina aquí a cualquier "actriz" que sólo hace de chica encantadora y sexy en todas sus películas, casi siempre comedias románticas, y que en revistas tipo Cuore es alabada por su estilo vistiendo; y si su novio también es guapo, entonces ya es para tener un orgasmo). Es algo que me pone enfermo. Y cuando digo "encantar" no hablo de sentirse atraído, porque en el ejemplo que digo la que habla es una chica heterosexual. ¿Te "encanta" alguien sólo por ser guapo?
Bueno, volvamos al actor considerado "horrible" (dicho con tono de asco, como si estuvieses mordiendo un limón mientras hablas). El caso es que a mí, que tengo un "canon" de belleza más atípico (no lo digo por hacerme el interesante, porque es algo compartido con muchos más por el mundo), esta persona me resulta atractiva, y no sólo ya porque fisícamente me gusta que esté gordito y a veces se deje barba, sino que por lo que he podido ver cuando habla, es un hombre campechano, simpático, buena persona e inteligente. Así que en esos momentos soy el pulpo del garaje. Y piensas, inevitablemente: "si ahora me sonrojara, todos podrían deducir que a mí sí me parece atractivo". Y dicho y eso, este mecanismo de pensar en lo que puede pasar te predispone a que te pase. Un círculo vicioso horrible. Y este temor, día tras día...
Las situaciones que más ansiedad me generan están casi siempre relacionadas con ser el centro de atención de mucha gente. Básicamente, más de dos personas ya empieza a ser un público inquietante. Pues resulta que en mi nuevo trabajo, se da una situación así a diario la hora de comer. Es costumbre de la empresa sentarse todos a la mesa a determinada hora y comer juntos. Para mí se traduce básicamente en una hora diaria de tensión. He tratado de analizar las razones y no termino de entenderlo del todo, pero supongo que la mezcla de persobalidades que se juntan y los roles que desempeña cada uno forman un cóctel muy desestabilizador para mí. En esta mesa se juntan: compañeros que digamos están en mi mismo grupo, mi superior inmediato, su superior inmediato y el "líder en la sombra", o sea, alguien que no es exactamente jefe pero cuyas opiniones tienen un gran peso en la empresa. Entre algunas de estas personas hay mucha historia personal revuelta, y bajo la superficie de "comida cordial" hay mucha tensión subterránea, y no son raras las indirectas y las risas irónicas.
Pero me parece que esto no es verdaderamente lo que me hace pasarlo mal, sino el propio número de personas que se juntan... y el humor. El humor en esta ciudad, por lo que he podido ver, es algo así como una pelota de tenis: te lo lanzan agresivamente a tu campo, y o bien puedes devolverla con una volea afilada ("¡Porque no me sale de los cojones!"), o hacer un revés inesperado (inserta aquí esa respuesta humorística que le da la vuelta a la tortilla, y hace que todos rían con la chispa del autor), o bien puedes dejarla escapar o golpearla torpemente haciendo que vuele en una suave parábola carente de fuerza hacia tu rival, lista que para que te machaque de un remate. Adivinidad cuál suele ser mi caso.
Estas conversaciones de atacarse humorísticamente unos a otros se me dan fatal, supongo que porque no es mi estilo de comunicación, y con mis amigos no hablamos de esta manera, por lo que no se me ocurren nunca respuestas graciosas o tajantemente cortantes. Siguiendo con el ejemplo del tenis, mi estilo digamos que es un tranquilo peloteo amistoso con alguna bola cómicamente inesperada de vez en cuando, jajajaja.
Supongo que esta forma de comunicarse tiene la parte positiva de que te están tratando con confianza nada más conocerte: resulta bruto pero al mismo tiempo es una muestra de simpatía, una forma de ser acogedores. Sé que no hacen esas bromas con mala intención. Pero ocurre que en todo esto se mezcla un problema mío de mucho tiempo atrás: que aparte de Fs soy concretamente eritrofóbico, y claro, imaginaos una mesa perfectamente iluminada con unas siete personas dispuestas a clavar su mirada en ti en el momento menos pensado. Algún día ante cualquier estupidez me voy a poner como un semáforo inexplicablemente, y alguien va a decir la temida frase, y entonces no sé qué voy a hacer.
Los que conozcáis esta fobia sabréis que tiene un mecanismo muy retorcido que hace que se manifieste de maneras inesperadas. Un ejemplo del otro día: se hablaba de cierto actor famoso que todos en la mesa consideraban por unanimidad horrible físicamente (obviamente no se trataba de ningún guaperas al uso, sino del tipo de persona que hace de secundario cómico o quizá de personaje dramático en películas más alternativas).
Un apunte al margen: a veces parece que la gente, cuando habla de lo guapo u horrible que es tal o cual famoso/a, parece que le estén juzgando a todo él como persona. "Me encanta Fulanita . Es guapísima." (Imagina aquí a cualquier "actriz" que sólo hace de chica encantadora y sexy en todas sus películas, casi siempre comedias románticas, y que en revistas tipo Cuore es alabada por su estilo vistiendo; y si su novio también es guapo, entonces ya es para tener un orgasmo). Es algo que me pone enfermo. Y cuando digo "encantar" no hablo de sentirse atraído, porque en el ejemplo que digo la que habla es una chica heterosexual. ¿Te "encanta" alguien sólo por ser guapo?
Bueno, volvamos al actor considerado "horrible" (dicho con tono de asco, como si estuvieses mordiendo un limón mientras hablas). El caso es que a mí, que tengo un "canon" de belleza más atípico (no lo digo por hacerme el interesante, porque es algo compartido con muchos más por el mundo), esta persona me resulta atractiva, y no sólo ya porque fisícamente me gusta que esté gordito y a veces se deje barba, sino que por lo que he podido ver cuando habla, es un hombre campechano, simpático, buena persona e inteligente. Así que en esos momentos soy el pulpo del garaje. Y piensas, inevitablemente: "si ahora me sonrojara, todos podrían deducir que a mí sí me parece atractivo". Y dicho y eso, este mecanismo de pensar en lo que puede pasar te predispone a que te pase. Un círculo vicioso horrible. Y este temor, día tras día...
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