sábado, 11 de agosto de 2018
Volver
Y aquí estoy, más de un año después...
¿Qué ha ocurrido? ¿Ya no me apetece contar las cosas que me pasan? Cuando se es feliz no se tienen ganas de escribir, sólo de disfrutar de esa felicidad. ¿Es que ha sido un año tan feliz que no he tenido nada que contar? Bueno, esto definitivamente no es verdad. Para ser sincero, muy a menudo me encuentro pensando en las ganas que tendría de tener un rato para mí y poder explicar cosas que me pasan por la cabeza... Pero pasa ese momento, tengo ese rato que deseaba... y eso que quería contar ya no es lo primero en mi cabeza.
Sin embargo, lo que me ha pasado recientemente sí lo deseo contar. Para no mentir, hubo una entrada de este blog que escribí, y estaba lista para salir, con solo pulsar el botón de "Publicar". Pero finalmente decidí esperar y ver. Trataba de cómo mi mejor amiga, Aisha, ya apenas me escuchaba. Resulta que ha sido madre hace un par de años. Y lo sé: tu vida cambia completamente. Tus preocupaciones, tus prioridades, todo sufre un vuelco profundo. En algunos momentos tengo el temor de que simple y llanamente, nuestro camino se ha bifurcado, y con el tiempo no haremos más que alejarnos. Sí, lo admito, me enfado y me quedo hecho polvo cuando, al explicarle algo sobre un amigo del trabajo o un compañero del que ya le he hablado varias veces, tengo que volver al capítulo 1 y explicarle otra vez quién es y qué relación tengo con esa persona. Mientras ella me habla con tranquilidad de los "personajes principales", por nombre propio, de su vida, a los cuales conozco aunque sólo haya oído hablar de ellos. En algunos momentos no puedo evitar preguntarme si quizás no es ser madre el problema, sino que mis cosas le vayan interesando cada vez menos...
La verdad es que Aisha me da una de cal y otra de arena. Sí: luego hay días en que por fin me escucha de verdad, y puedo contarle un problema y escuchar su opinión de principio a fin. Una conversación de verdad. Y aunque no tanto como antaño, también a veces nos reímos con ese sentido del humor que no comparto exactamente con nadie más...
Por otro lado, en las últimas semanas, y a lo largo de dos semanas consecutivas, algo sorprendente me ha ocurrido: dos amigos importantísimos de mi pasado han vuelto. El primero es quizás el amigo con quien he tenido la relación más intensa de amistad de mi vida. Conocí a Antonio en primero de carrera, y él y otra amiga, pero sobre todo él, aunque no lo sepan, me salvaron la vida. Yo venía de una situación deprimente: acabado el instituto, mi mejor amigo desde pequeño estaba ya a otra cosa, con otra gente, y la única amiga que conservaba de esta época tenía serios problemas psiquiátricos, y poco después se revelaría como una persona intensamente tóxica. Es decir: tenía 18 años y a casi todos los efectos, estaba solo.
Y aparecieron Antonio y Aitana. Con los dos estaba por fin en casa. Me podía reír de verdad. Compartíamos gustos, risas, tiempo. Eran mis amigos, sin peros ni excepciones. Con Antonio tuve las conversaciones más largas y profundas de mi vida, tanto por teléfono, como en persona y por carta. Y entonces...
Sólo un par de años después, apareció gente nueva en el escenario, y Antonio comenzó su proceso de desaparición. Sí: fue un poco como volver al instituto, pero esto lo recuerdo como algo aún peor, porque nuestra amistad tenía muchas más capas que las que un niño o un adolescente puede tener. Fue horroroso. Mi relación con Antonio quedó reducida a la copia más pálida que pueda existir: sólo un par de mensajes de felicitación navideña y de cumpleaños anual. Resignarme a esto me costó mucho más tiempo que nuestros años "buenos", que apenas serían dos y medio.
Entre medias, a mitad de la veintena, tuve la siguiente gran crisis de mi vida, cuando me fui a estudiar a otra ciudad, muy muy lejos de la mía. El primer año y medio fue uno de una soledad como no la había conocido antes (anteriormente al menos había tenido familia). Sí, en mi nuevo entorno hice amigos, pero siendo realista, nuestra relación era mucho más circunstancial y menos sólida de lo que es una verdadera amistad. Todo aquel que lo haya vivido sabe que pocas soledades son comparables al terror de sentir que se aproxima el fin de semana y una gran masa de vacío se aproxima a ti.Y como guinda del pastel, fue en esta época que tuve mis dos primeros intentos de relación sentimental, los cuales acabaron en más dolor y soledad (después de un puñado de momentos maravillosos, todo hay que decirlo). Solo con el tiempo he podido entender que gran parte del problema es que lo que yo buscaba en esas relaciones tenía más que ver con la dependencia que con el amor, y esa es la receta del desastre.
Pero fue al final de esa segunda relación fracasada que intenté conocer a gente nueva, lejos de mi clase, donde ya entendía que no podía pedir algunas cosas. Y vaya si lo coseguí: aquí apareció Roberto, y una vez más, mi nuevo amigo (gracias al cual conocí a mi otro mejor amigo y a Ikki) me salvó la vida. Otra vez esa sensación: la de estar con alguien en quien de verdad te puedes apoyar. Con quien las ganas de verse son lo que provoca los encuentros y los planes, y no el compromiso, la pena o los exámenes. Un amigo de verdad. Tenía tanta confianza con Roberto y en Roberto, que le explicaba lo triste que me ponía lo que había pasado con Antonio, y cómo era ya la segunda vez que mi mejor amigo me daba de lado... Roberto me decía que no entendía cómo podían haberme hecho eso.
Pero en fin, un día lo iba a entender, porque él fue el siguiente. En su caso la desaparición fue también gradual, pero esta vez completa: desde hacía años no sabía absolutamente nada de él.
Y de repente... como decía al principio, ambos, con una diferencia de apenas unos días, han reaparecido en mi vida. Antonio me escribió: estaba de paso en la ciudad donde vivo ahora, y se preguntaba si nos podíamos ver. Y así lo hicimos. ¿Y lo más raro de todo? Fue como si desde la última vez hubiesen pasado apenas unos días.
A Roberto aún no lo he podido ver en persona. De pronto me escribió, diciéndome el motivo por el que no había contestado a mi ultimísimo intento de contactar con él a través de FB porque no había podido leerlo. Vale, no me sonó creíble, pero la verdad, lo único que me importa en este caso es la alegría de volver a saber de él.
¿Y ahora? ¿Será esto un chispazo momentáneo en el tiempo y volverán a desaparecer? Aquello, lo que fuera, que una vez les hizo querer alejarse de mí, ¿ha dejado de existir? No es fácil confiar otra vez por completo, porque todo lo que haya ocurrido una vez es susceptible de repetirse. De momento Antonio me ha seguido escribiendo. Ya no estamos horas al teléfono, pero no voy a pedir nada, sino solo dar gracias por lo que recibo. Roberto de momento no ha escrito más, pero no siento que vaya a volver a desaparecer.
Me han dado una gran alegría los dos, y me han hecho pensar que sí, a veces el mundo te da sorpresas positivas.
sábado, 29 de abril de 2017
Ausencia
En la entrada anterior mencionaba de pasada que un amigo estaba en paradero desconocido desde hacía un tiempo.
La realidad era que mi amigo P había muerto, y sólo lo supimos meses después.
Esto lo supe en febrero. Saber que P ya no estaba fue un golpe duro, y a día de hoy voy a reconocerlo, una parte de mí simplemente no se lo cree. No se lo puede creer. Cuando me cruzo con sus fotos, el pasado verano, con nuestra amiga M, lleno de alegría y de vida, con su sentido del humor, su profundidad, su inteligencia, su percepción especial del mundo, simplemente siento en el fondo de mí que ha habido una confusión y P está por ahí, quizá en otro país de viaje, y pronto va a volver.
Y al mismo tiempo esta pequeña puñalada me dice que eso es imposible y que P ya no está en el mundo. En el mundo ahora hay un agujero donde antes estaba P, y ya nunca nunca más va a volver. No me lo puedo creer.
P y yo, lo sé, no nos veíamos tanto. Yo no era su mejor amigo, y no sabía muchas cosas de él. Nuestra relación no se remontaba a tanto tiempo atrás. Y P era una persona bastante reservada. Sin embargo, le tenía un cariño enorme, y en una estima mucho mayor que a otra gente con la que me he relacionado mñas tiempo, porque cuando conocí a P y a M, sentí que estas eran dos personas con las que sí valía la pena pasar el tiempo, dos personas de las que te alegras de haber conocido. En la entrada anterior hablaba de cómo ya no deseaba dar cabida en mi vida a gente con la que en realidad no quiero estar, y mira, ahora he perdido a una de esas con quien sí deseaba estar.
En el mundo no hay reglas. Y si las hay, yo no las veo. Me gustaría creer en el karma, en la justicia divina, pero no puedo evitar saber que ocurren tragedias inmerecidas todos los días, y gente malvada que prospera y lleva vidas felices. La vida no sigue un guión, aunque a veces pueda parecerlo, y en cualquier momento cosas terribles pueden suceder, sin que tengan ningún sentido. Sí, también ocurren cosas buenas, y uno puede estar tentado de pensar que "se lo merece" y que esto es una especie de premio. Es verdad, a veces el esfuerzo y la perseverancia dan sus frutos, pero nunca podemos sacar de la ecuación al azar, al caos.
Lo siento por esta entrada inconexa. Este año me han ocurrido muchas cosas buenas, y concretamente esta semana ocurrió algo que provocó un cierto revuelo a mi alrededor. Algo del mundo laboral. Todo el mundo me felicitó, me dijo que era un milagro.
Y yo he sentido una gran ansiedad recibiendo esas felicitaciones, sonriendo y tratando de decir las cosas que se esperaban de mí. En realidad todos tienen razón en alegrarse y felicitarme, y es absurdo que yo me sienta agobiado. Para no mentir, quizás mi gran alegría fue poder escapar del mundo de la sanidad, y después de esa inmensa alegría que sentí cuando supe que aprobé el examen que me permitiría dejar ese mundo, ya lo demás sólo puede ser una guinda. ¿Es por eso?
En cualquier caso, la realidad es que yo me sentí como me sentí, y eso me ha agobiado. Me ha agobiado tener que fingir unas emociones que no siento, y me ha agobiado sentirme raro por no sentir lo que se supone que debo sentir. Quizás tenía que haber sido más sincero con la gente, pero ¿cómo les explico eso? Y ¿cómo de desagradecido sonaría cuando sé que muchos desearían estar en mi lugar en este caso? Así que no he tenido más remedio que tragar y ponerme la máscara.
Quizás es que me faltan cosas que, en el fondo, considero más importantes que el el trabajo, y sin tenerlas no puedo sentir tanta alegría por un motivo laboral. Me falta P, me falta M que era pare de nuestro trío de amigos y no vuelve hasta dentro de muchos meses, me falta más gente como P y M. Quizá también soy una persona rara y en el fondo las cosas laborales no me importan tanto, y nunca me van a hacer tan feliz como a otra gente, y no pasa nada por ser así porque cada uno es como es.
A veces escucho a artistas hablar o actuar, y veo las vidas tan personales que llevan, cómo se ponen el mund por montera y son capaces de decir y hacer cosas escandalosas, y ser completamente fieles a sus deseos, y les envidio. Qué libertad, tener el valor de sacar a la luz toda tu rareza interior y no sentir ninguna vergüenza.
P, todo lo que quería decirte te lo puse ya en una carta, pero me parece que siempre seguiré queriendo decirte cosas. Perdóname por no haber ido contigo a dibujar. No sabes cuánto me arrepiento. Te echo muchísimo de menos.
La realidad era que mi amigo P había muerto, y sólo lo supimos meses después.
Esto lo supe en febrero. Saber que P ya no estaba fue un golpe duro, y a día de hoy voy a reconocerlo, una parte de mí simplemente no se lo cree. No se lo puede creer. Cuando me cruzo con sus fotos, el pasado verano, con nuestra amiga M, lleno de alegría y de vida, con su sentido del humor, su profundidad, su inteligencia, su percepción especial del mundo, simplemente siento en el fondo de mí que ha habido una confusión y P está por ahí, quizá en otro país de viaje, y pronto va a volver.
Y al mismo tiempo esta pequeña puñalada me dice que eso es imposible y que P ya no está en el mundo. En el mundo ahora hay un agujero donde antes estaba P, y ya nunca nunca más va a volver. No me lo puedo creer.
P y yo, lo sé, no nos veíamos tanto. Yo no era su mejor amigo, y no sabía muchas cosas de él. Nuestra relación no se remontaba a tanto tiempo atrás. Y P era una persona bastante reservada. Sin embargo, le tenía un cariño enorme, y en una estima mucho mayor que a otra gente con la que me he relacionado mñas tiempo, porque cuando conocí a P y a M, sentí que estas eran dos personas con las que sí valía la pena pasar el tiempo, dos personas de las que te alegras de haber conocido. En la entrada anterior hablaba de cómo ya no deseaba dar cabida en mi vida a gente con la que en realidad no quiero estar, y mira, ahora he perdido a una de esas con quien sí deseaba estar.
En el mundo no hay reglas. Y si las hay, yo no las veo. Me gustaría creer en el karma, en la justicia divina, pero no puedo evitar saber que ocurren tragedias inmerecidas todos los días, y gente malvada que prospera y lleva vidas felices. La vida no sigue un guión, aunque a veces pueda parecerlo, y en cualquier momento cosas terribles pueden suceder, sin que tengan ningún sentido. Sí, también ocurren cosas buenas, y uno puede estar tentado de pensar que "se lo merece" y que esto es una especie de premio. Es verdad, a veces el esfuerzo y la perseverancia dan sus frutos, pero nunca podemos sacar de la ecuación al azar, al caos.
Lo siento por esta entrada inconexa. Este año me han ocurrido muchas cosas buenas, y concretamente esta semana ocurrió algo que provocó un cierto revuelo a mi alrededor. Algo del mundo laboral. Todo el mundo me felicitó, me dijo que era un milagro.
Y yo he sentido una gran ansiedad recibiendo esas felicitaciones, sonriendo y tratando de decir las cosas que se esperaban de mí. En realidad todos tienen razón en alegrarse y felicitarme, y es absurdo que yo me sienta agobiado. Para no mentir, quizás mi gran alegría fue poder escapar del mundo de la sanidad, y después de esa inmensa alegría que sentí cuando supe que aprobé el examen que me permitiría dejar ese mundo, ya lo demás sólo puede ser una guinda. ¿Es por eso?
En cualquier caso, la realidad es que yo me sentí como me sentí, y eso me ha agobiado. Me ha agobiado tener que fingir unas emociones que no siento, y me ha agobiado sentirme raro por no sentir lo que se supone que debo sentir. Quizás tenía que haber sido más sincero con la gente, pero ¿cómo les explico eso? Y ¿cómo de desagradecido sonaría cuando sé que muchos desearían estar en mi lugar en este caso? Así que no he tenido más remedio que tragar y ponerme la máscara.
Quizás es que me faltan cosas que, en el fondo, considero más importantes que el el trabajo, y sin tenerlas no puedo sentir tanta alegría por un motivo laboral. Me falta P, me falta M que era pare de nuestro trío de amigos y no vuelve hasta dentro de muchos meses, me falta más gente como P y M. Quizá también soy una persona rara y en el fondo las cosas laborales no me importan tanto, y nunca me van a hacer tan feliz como a otra gente, y no pasa nada por ser así porque cada uno es como es.
A veces escucho a artistas hablar o actuar, y veo las vidas tan personales que llevan, cómo se ponen el mund por montera y son capaces de decir y hacer cosas escandalosas, y ser completamente fieles a sus deseos, y les envidio. Qué libertad, tener el valor de sacar a la luz toda tu rareza interior y no sentir ninguna vergüenza.
P, todo lo que quería decirte te lo puse ya en una carta, pero me parece que siempre seguiré queriendo decirte cosas. Perdóname por no haber ido contigo a dibujar. No sabes cuánto me arrepiento. Te echo muchísimo de menos.
miércoles, 11 de enero de 2017
Un 50% menos de azúcar
Este año me he hecho un propósito un tanto difuso y difícil de explicar. Es algo así como una nueva actitud ante la vida: se trata de ser más auténtico. De luchar por serlo.
Me explico. Una constante en mi vida es que trato de agradar y adaptarme a los demás. Ser amable está muy bien, y es una cualidad que yo también aprecio en los demás. Pero también te mete en problemas y en muchas ocasiones realmente sólo sirve para hacerte más daño a ti y a los demás. Con esto no quiero decir que tenga la intención de convertirme en una de esas personas que enarbolan la bandera de la sinceridad descarnada y van por ahí diciéndoles a la cara a todo el mundo sus opiniones, por muy agresivas que sean (y a menudo encajándolo muy mal cuando otros se comportan igual con ellos). Mi intención es no meterme en camisas de once varas por no expresarme con claridad o no saber decir no, no involucrarme en cosas que no me interesan por pena o por compromiso; perseguir lo que de verdad deseo sin importar si es algo que los demás puedan o no entender; hablar de mis verdaderos gustos sin maquillarlos de niguna manera. Y también, eligiendo callar o hablar menos de lo que se espere de mí cuando así me apetezca.
Lo sé, es todo un poco vago, pero tiene sentido. A lo largo de mi vida, por culpa de la tibieza con que suelo comportarme, voy agarrando lastres y metiéndome en compromisos que en ocasiones no me aportan nada. El síntoma más claro es que hay determinadas personas a mi alrededor con las que me relaciono que, vamos a admitirlo, no me resultan nada interesantes. Y no hablo de compañeros de trabajo o gente del día a día: hablo de, por ejemplo, un "supuesto" amigo que da la sensación de querer algo conmigo desde que nos conocimos hace un tiempo. A estas alturas ya debería haberle quedado claro que nada va a pasar entre nosotros, y ya no sólo porque yo esté con Ikki. Antonio, nombre figurado, no es mala gente, pero la realidad es que no me resulta nada interesante, y sus gustos y los míos no tienen nada que ver. Si alguien viera nuestras conversaciones por whatsapp quizás se sorprendería, porque a menudo me he molestado en escribir largas parrafadas, en un intento de que la conversación vaya más allá de "y qué tal, bien, y tú, bien", y finalmente mi pantalla está llena de texto verde y un poquito de texto gris. No tiene ningún sentido. Y la razón es porque siento la (absurda) obligación de ser simpático con Antonio y mantener la conversación viva ya que me ha escrito.
En este ejemplo concreto mi intención es dejar de hacer estos esfuerzos, y si la conversación es inerte, será porque nuestra relación en el fondo también lo es.
¿Sabéis el problema? Que tengo muchos Antonios/as, sólo que con otros nombres y otras características. Antonios que hablan y hablan y nunca me preguntan nada. Antonios a los que tengo aprecio por las experiencias compartidas pero con los que la conversación no termina de arrancar nunca porque estamos en longitudes de onda muy distintas. Antonios cuyo carácter en realidad me saca de quicio pero con los que me siento incapaz de cortar la relación (punto a mi favor: el año pasado tuve una bronca con un Antonio de este tipo, y la relación se disolvió por completo). Todos tenemos pegas y cada amigo que hacemos tiene sus virtudes y defectos, pero los Antonios no son amigos: son cargas.
Quitarme a esa gente de encima tiene además un precio, y es que uno inevitablemente se queda más solo. Hacer amigos buenos es muy difícil, y además yo ya he empezado este año despidiéndome de una y con otro en paradero desconocido (larga historia). Estos amigos artificiales realmente no te aportan nada, pero la realidad es que a veces, igual que una golosina te quita el hambre de manera pasajera, te pueden hacer sentir un poco más acompañado por un rato. Perdiéndolos sé que me esperarán más ratos de soledad, pero también espero librarme de esa sensación de estar viviendo cosas falsas, de hacer cosas por compromiso, de estar por estar.
Me he centrado en este tipo de amigos-que-no-son-amigos, pero la realidad es que mi tendencia a no desagradar me lleva a muchas otras situaciones incluso ridículas. A comienzos de este año me plantée si volver a una clase a la que me apunté por placer, y que estaba siendo una gran decepción. Muchos alumnos han abandonado la clase en desbandada, y por ridículo que pueda parecer, me sentía culpable de hacerlo yo también. Si también falto yo, ¿se sentirá mal el profesor? Cuando nos dén el cuestionario de satisfacción, ¿pondré una buena nota para que no se deprima? ¿Vas a dejar un curso a medias? Este tipo de cosas me pesaban en la conciencia. Finalmente he decidido luchar contra ese impulso, y dejar la clase. Lo siento, profesor X, la realidad es que por lo menos ahora mismo no sabes enseñar, y el curso no me está sirviendo. Esto sólo me está quitando tiempo, y es ridículo hacer un curso voluntario sólo por un absurdo sentido de la responsabilidad.
Una última cosa antes de terminar. Una consecuencia indirecta de esta actitud de hacer las cosas por compromiso es que en muchas ocasiones te puedes ver solo cuando las situaciones llegan a un punto en el que los demás se plantan. De repente esa persona a la que te esforzabas por no fallar te deja tirado ipso facto en cuanto ya no le convienes. Esa clase que te daba pena dejar se queda vacía, y a ti, que tampoco te gustaba, te toca quedarte solo en ella. Esa persona a la que esperabas para comer juntos, cuando llega ya ha comido, y te queda comer solo y a destiempo.
Así que este es mi propósito para el nuevo año. Vivir con más autenticidad, establecer relaciones con gente que de verdad me merezca la pena, buscar las actividades que de verdad me gusten.
Me explico. Una constante en mi vida es que trato de agradar y adaptarme a los demás. Ser amable está muy bien, y es una cualidad que yo también aprecio en los demás. Pero también te mete en problemas y en muchas ocasiones realmente sólo sirve para hacerte más daño a ti y a los demás. Con esto no quiero decir que tenga la intención de convertirme en una de esas personas que enarbolan la bandera de la sinceridad descarnada y van por ahí diciéndoles a la cara a todo el mundo sus opiniones, por muy agresivas que sean (y a menudo encajándolo muy mal cuando otros se comportan igual con ellos). Mi intención es no meterme en camisas de once varas por no expresarme con claridad o no saber decir no, no involucrarme en cosas que no me interesan por pena o por compromiso; perseguir lo que de verdad deseo sin importar si es algo que los demás puedan o no entender; hablar de mis verdaderos gustos sin maquillarlos de niguna manera. Y también, eligiendo callar o hablar menos de lo que se espere de mí cuando así me apetezca.
Lo sé, es todo un poco vago, pero tiene sentido. A lo largo de mi vida, por culpa de la tibieza con que suelo comportarme, voy agarrando lastres y metiéndome en compromisos que en ocasiones no me aportan nada. El síntoma más claro es que hay determinadas personas a mi alrededor con las que me relaciono que, vamos a admitirlo, no me resultan nada interesantes. Y no hablo de compañeros de trabajo o gente del día a día: hablo de, por ejemplo, un "supuesto" amigo que da la sensación de querer algo conmigo desde que nos conocimos hace un tiempo. A estas alturas ya debería haberle quedado claro que nada va a pasar entre nosotros, y ya no sólo porque yo esté con Ikki. Antonio, nombre figurado, no es mala gente, pero la realidad es que no me resulta nada interesante, y sus gustos y los míos no tienen nada que ver. Si alguien viera nuestras conversaciones por whatsapp quizás se sorprendería, porque a menudo me he molestado en escribir largas parrafadas, en un intento de que la conversación vaya más allá de "y qué tal, bien, y tú, bien", y finalmente mi pantalla está llena de texto verde y un poquito de texto gris. No tiene ningún sentido. Y la razón es porque siento la (absurda) obligación de ser simpático con Antonio y mantener la conversación viva ya que me ha escrito.
En este ejemplo concreto mi intención es dejar de hacer estos esfuerzos, y si la conversación es inerte, será porque nuestra relación en el fondo también lo es.
¿Sabéis el problema? Que tengo muchos Antonios/as, sólo que con otros nombres y otras características. Antonios que hablan y hablan y nunca me preguntan nada. Antonios a los que tengo aprecio por las experiencias compartidas pero con los que la conversación no termina de arrancar nunca porque estamos en longitudes de onda muy distintas. Antonios cuyo carácter en realidad me saca de quicio pero con los que me siento incapaz de cortar la relación (punto a mi favor: el año pasado tuve una bronca con un Antonio de este tipo, y la relación se disolvió por completo). Todos tenemos pegas y cada amigo que hacemos tiene sus virtudes y defectos, pero los Antonios no son amigos: son cargas.
Quitarme a esa gente de encima tiene además un precio, y es que uno inevitablemente se queda más solo. Hacer amigos buenos es muy difícil, y además yo ya he empezado este año despidiéndome de una y con otro en paradero desconocido (larga historia). Estos amigos artificiales realmente no te aportan nada, pero la realidad es que a veces, igual que una golosina te quita el hambre de manera pasajera, te pueden hacer sentir un poco más acompañado por un rato. Perdiéndolos sé que me esperarán más ratos de soledad, pero también espero librarme de esa sensación de estar viviendo cosas falsas, de hacer cosas por compromiso, de estar por estar.
Me he centrado en este tipo de amigos-que-no-son-amigos, pero la realidad es que mi tendencia a no desagradar me lleva a muchas otras situaciones incluso ridículas. A comienzos de este año me plantée si volver a una clase a la que me apunté por placer, y que estaba siendo una gran decepción. Muchos alumnos han abandonado la clase en desbandada, y por ridículo que pueda parecer, me sentía culpable de hacerlo yo también. Si también falto yo, ¿se sentirá mal el profesor? Cuando nos dén el cuestionario de satisfacción, ¿pondré una buena nota para que no se deprima? ¿Vas a dejar un curso a medias? Este tipo de cosas me pesaban en la conciencia. Finalmente he decidido luchar contra ese impulso, y dejar la clase. Lo siento, profesor X, la realidad es que por lo menos ahora mismo no sabes enseñar, y el curso no me está sirviendo. Esto sólo me está quitando tiempo, y es ridículo hacer un curso voluntario sólo por un absurdo sentido de la responsabilidad.
Una última cosa antes de terminar. Una consecuencia indirecta de esta actitud de hacer las cosas por compromiso es que en muchas ocasiones te puedes ver solo cuando las situaciones llegan a un punto en el que los demás se plantan. De repente esa persona a la que te esforzabas por no fallar te deja tirado ipso facto en cuanto ya no le convienes. Esa clase que te daba pena dejar se queda vacía, y a ti, que tampoco te gustaba, te toca quedarte solo en ella. Esa persona a la que esperabas para comer juntos, cuando llega ya ha comido, y te queda comer solo y a destiempo.
Así que este es mi propósito para el nuevo año. Vivir con más autenticidad, establecer relaciones con gente que de verdad me merezca la pena, buscar las actividades que de verdad me gusten.
lunes, 15 de agosto de 2016
Mi mano y mi boca
Escribo esta entrada tecleando con la mano izquierda. Recientemente tuve un accidente que me dejó como resultado mi mano derecha inutilizada durante unas cuantas semanas. Como nunca he sido muy deportista, el tener accidentes es algo raro, casi nuevo, para mí. El caso es que este accidente, que me hace llevar un vendaje bastante aparatoso en el brazo, ha provocado una serie de situaciones y experiencias que... de repente te hacen ver las cosas de otra manera. Se abre la caja de pandora, y de pronto muchas cosas inesperadas ocurren.
La reacción de la gente puede no ser la que esperas, y en todo caso es muy variada. Determinada gente se asustó al verme, y me preguntaron cómo me lo había hecho. Una amiga a la que aprecio mucho pero que no considero muy cercana, me miró muy seria y me dijo que cómo no la avisé en aquel momento (fui al hospital, que estaba cerca en todo caso, yo solo, etc). Me sentí fatal por no haberla informado antes, y pensé que quizás tenía que haber pasado por aquello acompañado. Me salgo del tema, pero en los últimos diez años, desde que con 25 me fui de casa para estudiar en otra ciudad, me he ido volviendo más y más independiente, y a veces me preocupa porque no sé si esto es normal... Pero esto es asunto de otra entrada. Otros amigos, con los que tengo en teoría una relación más cercana, apenas dedicaron cinco minutos al tema. El caso es que toda esta situación me ha hecho ver con total claridad a quiénes quiero y valoro más, porque mis sentimientos respecto a la reacción de la gente han sido muy significativos. El día del accidente me fui a la cama con una enorme tristeza y decepción por no haber recibido la llamada de dos personas muy concretas. Otra amiga, de la cual no esperaba que tendría ese detalle, me llamó sin embargo y me interrogó durante largo rato todos los detalles de la historia... Algo que al final pocos han hecho. En los casos más extremos la reacción prácticamente ha sido igual que si hubiese llevado una pequeña tirita en el brazo. Sin embargo, con el resto de gente que tuvo esa no-reacción no he sentido esa decepción ni de lejos.
Resulta que mi mejor amiga y mi novio Ikki fueron dos de las personas que me decepcionaron. En el caso de Aisha, cuando llamó, un día más tarde, lo que ya me dolió mucho, empezó hablándome de las implicaciones burocráticas del tema. Y ya después me preguntó ("Y bueno, la pregunta del millón") cómo ocurrió todo. Era verdad que esto no es un accidente grave en principio, que se curará y quedará bien, espero, y que el problema principal puede ser burocrático. Pero la verdad, que aún así no me empezara preguntando por la parte "personal" de la historia me hizo sentirme fatal.
El caso de Ikki fue que tres días más tarde tenía un viaje de tres días programado para ir a su pueblo, al que va cada mes, mes y medio. Y allá que se fue. Yo, el sábado por la mañana, en la cama, entendí de golpe, como una revelación que entiendes al rato, la rabia que sentía porque aún así no hubiese sacrificado sus planes y se hubiese quedado conmigo.
Hablé con ambos sobre ambas cosas.
Y aquí entro en el segundo tema del que quería hablar: ¿sirve de algo hacerle saber a los demás las cosas que han hecho que te han hecho daño? La respuesta de libro es que sí. Constantemnte se nos bombardea con la idea de que lo mejor que hay es hablar. Decir lo que te pasa, expresar tus deseos, necesidades, preocupaciones. Pero la verdad, yo al final no sé si es mejor hablar o no, chicos.
Ambas fueron conversaciones incómodas y horribles, con silencios y reproches defensivos. Con ambos hemos pasado página al final, en el caso de Ikki con la propuesta de tratar de cambiar las cosas, y en el caso de Aisha, simplemente dejándolo atrás y no volviendo a sacar el tema. Hay una razón por la que la mayoría nos callamos las cosas y sólo nos desahogamos con un tercero, y es que reprocharle algo a alguien el 95% de las veces sólo provoca que esa persona se defienda haciéndote a ti otros reproches, y que tu relación con ella se enturbie y quizás incluso termine. Uno es esclavo de sus palabras. Así me ocurrió recientemente con mi ex amiga Elisabeth, como conté en otra entrada, aunque la verdad en el caso de ella cortar esa relación fue algo positivo.
Ikki y Aisha son importantísimos para mí y nuestra relación mucho más fuerte, como para poder soportar más golpes, pero aún así quizás cada pelea la erosiona un poco más... y al final no sabes qué podías hacer. Porque también me queda claro que de no haber hablado con ellos, me quemaría por dentro la rabia y la decepción. Así que te ves obligado a elegir entre las emociones contenidas que te corroen por dentro, y la culpabilidad y la incomodidad que te causan sacar esas emociones afuera.
No veo la salida.
La reacción de la gente puede no ser la que esperas, y en todo caso es muy variada. Determinada gente se asustó al verme, y me preguntaron cómo me lo había hecho. Una amiga a la que aprecio mucho pero que no considero muy cercana, me miró muy seria y me dijo que cómo no la avisé en aquel momento (fui al hospital, que estaba cerca en todo caso, yo solo, etc). Me sentí fatal por no haberla informado antes, y pensé que quizás tenía que haber pasado por aquello acompañado. Me salgo del tema, pero en los últimos diez años, desde que con 25 me fui de casa para estudiar en otra ciudad, me he ido volviendo más y más independiente, y a veces me preocupa porque no sé si esto es normal... Pero esto es asunto de otra entrada. Otros amigos, con los que tengo en teoría una relación más cercana, apenas dedicaron cinco minutos al tema. El caso es que toda esta situación me ha hecho ver con total claridad a quiénes quiero y valoro más, porque mis sentimientos respecto a la reacción de la gente han sido muy significativos. El día del accidente me fui a la cama con una enorme tristeza y decepción por no haber recibido la llamada de dos personas muy concretas. Otra amiga, de la cual no esperaba que tendría ese detalle, me llamó sin embargo y me interrogó durante largo rato todos los detalles de la historia... Algo que al final pocos han hecho. En los casos más extremos la reacción prácticamente ha sido igual que si hubiese llevado una pequeña tirita en el brazo. Sin embargo, con el resto de gente que tuvo esa no-reacción no he sentido esa decepción ni de lejos.
Resulta que mi mejor amiga y mi novio Ikki fueron dos de las personas que me decepcionaron. En el caso de Aisha, cuando llamó, un día más tarde, lo que ya me dolió mucho, empezó hablándome de las implicaciones burocráticas del tema. Y ya después me preguntó ("Y bueno, la pregunta del millón") cómo ocurrió todo. Era verdad que esto no es un accidente grave en principio, que se curará y quedará bien, espero, y que el problema principal puede ser burocrático. Pero la verdad, que aún así no me empezara preguntando por la parte "personal" de la historia me hizo sentirme fatal.
El caso de Ikki fue que tres días más tarde tenía un viaje de tres días programado para ir a su pueblo, al que va cada mes, mes y medio. Y allá que se fue. Yo, el sábado por la mañana, en la cama, entendí de golpe, como una revelación que entiendes al rato, la rabia que sentía porque aún así no hubiese sacrificado sus planes y se hubiese quedado conmigo.
Hablé con ambos sobre ambas cosas.
Y aquí entro en el segundo tema del que quería hablar: ¿sirve de algo hacerle saber a los demás las cosas que han hecho que te han hecho daño? La respuesta de libro es que sí. Constantemnte se nos bombardea con la idea de que lo mejor que hay es hablar. Decir lo que te pasa, expresar tus deseos, necesidades, preocupaciones. Pero la verdad, yo al final no sé si es mejor hablar o no, chicos.
Ambas fueron conversaciones incómodas y horribles, con silencios y reproches defensivos. Con ambos hemos pasado página al final, en el caso de Ikki con la propuesta de tratar de cambiar las cosas, y en el caso de Aisha, simplemente dejándolo atrás y no volviendo a sacar el tema. Hay una razón por la que la mayoría nos callamos las cosas y sólo nos desahogamos con un tercero, y es que reprocharle algo a alguien el 95% de las veces sólo provoca que esa persona se defienda haciéndote a ti otros reproches, y que tu relación con ella se enturbie y quizás incluso termine. Uno es esclavo de sus palabras. Así me ocurrió recientemente con mi ex amiga Elisabeth, como conté en otra entrada, aunque la verdad en el caso de ella cortar esa relación fue algo positivo.
Ikki y Aisha son importantísimos para mí y nuestra relación mucho más fuerte, como para poder soportar más golpes, pero aún así quizás cada pelea la erosiona un poco más... y al final no sabes qué podías hacer. Porque también me queda claro que de no haber hablado con ellos, me quemaría por dentro la rabia y la decepción. Así que te ves obligado a elegir entre las emociones contenidas que te corroen por dentro, y la culpabilidad y la incomodidad que te causan sacar esas emociones afuera.
No veo la salida.
lunes, 1 de agosto de 2016
Lo que de verdad sentimos
Estuve leyendo sobre un documental que hablaba de cómo un familiar de Freud (¿su sobrino?) revolucionó el mundo de la comunicación y la publicidad, cuando descubrió cómo las emociones guiabana a la gente a la hora de consumir y votar. Ponía unos cuantos ejemplos que de verdad son como para quedarte helado.
Resulta que en la fabricación de postres instantáneos de sobre, las ventas no despegaron hasta que se les ocurrió que a los polvos hubiera que añadir un huevo. ¿La explicación? Que las amas de casa (fue hace muchos años) se sentían culpables haciendo una comida que no les requería ningún esfuerzo culinario. En cambio si tenían que añadir un huevo a la mezcla, ya estaban "cocinando" más y podían sentir que eran unas dignas amas de casa cocinando para sus familias. Otro ejemplo fue la táctica que se empleó para aumentar el consumo de tabaco entre las mujeres. Al parecer los estudios revelaron que lo percibían como un objeto fálico, y fumar era algo así como una muestra de sumisión. Así que plantaron a unas actrices fumando entre un grupo de manifestantes del sufragio universal, las fotografiaron y escribieron notas de prensa en las que expresaban que el derecho a fumar tenía que ser una conquista más del feminsimo. Las mujeres liberadas fumaban. Este caso me resulta particularmente indignante porque no sólo influyeron a muchísima gente a adoptar un hábito (que encima es dañino) engañando a la gente, sino que encima lo hicieron haciéndoles creer que estaban siendo más libres que nunca.
Esto ocurría hace décadas, pero es obvio que los descubrimientos de este tipo cambiaron la sociedad hasta hoy, y con el tiempo el grado de manipulación sólo ha ido a más, descubiréndose qué mezclas de colores resultan más atractivas para el consumidor o envían qué mensajes... Al parecer, el hecho de que en Burger King las servilletas sean de color sepia se debe a que el consumidor inconscientemente lo percibe como más "ecológico", porque tienen pinta de ser recicladas...
Uno de los temas que me obsesiona es saber hasta qué punto estamos influidos por lo que nos rodea, cuándo estamos adoptando opiniones como hechos, o tomando prestadas interpretaciones ajenas expresadas por gente con el carisma suficiente para que todo lo que sale de su boca parezca indiscutible. ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestras opiniones y creencias?
Los ejemplos son ilimitados. Los premios culturales, pongamos por caso. Cuando se aproxima la época de los Oscar, empieza el sutil bombardeo de pelis que "debemos" ver, porque son lo mejor del año. El pasado año, sin ir más lejos, la peli ganadora me pareció completamente insípida (pero entre las nominadas por otros motivos me parecía que estaba la mejor, por goleada, y no sé cómo pudo no ganar). Y en esta ocasión digamos que tuve el valor de expresarlo abiertamente. Sin embargo, en otras ocasiones, me he visto asintiendo con la cabeza y siguiendo la corriente a una multitud que expresaba su admiración por tal peli que a mí me había resultado mala, o peor aún, manipuladora. Hay un ejemplo concreto de una peli que muchísima gente cita entre sus favoritas de siempre, que no voy a revelar, que con el paso del tiempo me ha ido pareciendo más y más odiosa; por lo simplista, a ratos grotesca y manipuladora que es. Como guinda del pastel, se nota muchísimo cómo el director de la peli se elige para sí mismo el personaje más carismático y acaba haciendo una especie de autohomenaje (porque además es obvio que hace de sí mismo). Sin embargo, la peli tiene a su favor un factor poderosísimo: una historia esperanzadora de tragedia y esperanza, que hace que criticarla te haga parecer un monstruo.
Admiro mucho a a esas personas capaces de ponerse el mundo por montera y expresar con sinceridad sus opiniones más impopulares, a veces incluso escandalosas. Y pienso incluso que la sociedad avanza gracias a ellos; gracias a la persona que es capaz de apuntar con el dedo al emperador y decir en voz alta que está desnudo. Lo fácil es hacer lo que la mayoría hacemos gran parte del rato: sonreír y opinar lo que sea que toque opinar.
Uno de los objetivos que me pongo cada año es tratar de ser más "auténtico" en ese sentido, más asertivo, y ser capaz de expresar lo que de verdad me parecen las cosas, sin agresividad y sin miedo a caer mal. Supongo que es una lucha constante, una cosa del día a día, que se trabaja en momentos grandes, y sobre todo en los más insignificantes pero más numerosos.
miércoles, 20 de julio de 2016
Recta final
Con todo el tema de "ver señales" tengo una relación ambivalente. Por un lado, no creo en el destino ni en ese tipo de cosas. Creo que nuestra vida está gobernada por el caos, la casualidad, la suerte, llámalo como quieras. Eso no quiere decir que la actitud personal no pueda influir (y lo haga) en el desarrollo de nuestras vidas, que si uno se esfuerza en algo aumenta las probabilidades de conseguirlo, y que el desear mucho algo es a menudo (¿casi siempre?) condición imprescindible para finalmente alcanzarlo. Pero todo el deseo y la voluntad del mundo no garantizan nada al cien por cien.
Sin embargo, uno es contradictorio, y al mismo tiempo que creo todo lo que he dicho arriba, a veces me ocurren cosas que no puedo evitar ver como señales. Y una de ellas ocurrió hace unos días, este sábado. Saliendo de mi calle, me encontré con el curioso espectáculo que se muestra en la foto de más arriba. Alguien decididó hacer una limpia a fondo de un montón de trastos, y de alguna manera me parecía sentir una cierta furia en la actitud de quien quiera que hizo esto. Ese montón abigarrado de cosas, donde abundaba el papel, no fue resultado de un mínimo esfuerzo por reciclar o separar: es como si esa persona hubiese cogido un enorme saco negro, lo hubiese llenado hasta arriba de todo lo que le sobraba y lo hubiese vomitado en plena calle.
El caso es que en cuanto vi el montón, lo primero que me llamó la atención fue ese libro de tapas verdes que se vislumbra en la foto: un manual de enfermería. Me acerqué a observar bien. No había duda: el antiguo dueño de toda esta basura era enfermero. La revista mensual del Colegio Oficial en su funda de plástico, sin abrir, más manuales de enfermería, colecciones de fascículos sobre todo tipo de temas sanitarios... y también, pelis en VHS como por ejemplo Terminator, muy apropiada.
El lunes siguiente, el de antes de ayer, una llamada telefónica puso en marcha el engranaje que significará el final, quizá definitivo, de mi carrera como enfermero. Para bien: estamos en la recta final de un proceso de búsqueda de una salida que ya llevaba bastante tiempo gestándose.
El sitio donde por ahora estoy trabajando no es ni por asomo igual de espantoso que algunos de mis empleos anteriores. Mis superiores me han tratado bien, y con los compañeros, aunque haya habido algún momento desagradable con personas muy concretas, nadie se acerca tampoco ni remotamente a la hostilidad que otros me mostraron y la ansiedad y el sufrimiento que me hicieron sentir. Así que este va a ser un punto y final bastante dulce, pese a lo anterior. Lo que me espera ahora es una incógnita, y junto a la esperanza no puedo evitar sentir un cierto miedo. Mucha gente, junto a la sorpresa por el cambio de tercio, me dicen que tiene pinta de ser algo muy bueno, y que seguro que estaré bien. Ojalá tengan razón.
A modo de despedida, he estado pensando en cómo uno tiende a embellecer (o "suavizar") ciertos rescuerdos tristes, y puede acabar incluso echando de menos cosas que en su momento le hicieron sentir mal. Así que quisiera dejar aquí constancia, ahora que las tengo frescas en la memoria, de todas esas situaciones infernales que he vivido en este mundo, para que si algún día me ataca la nostalgia, combatirla con un poco de realidad. Sin ningún orden de prioridad, y sin hablar de las cosas que ya sabemos todos que son intrínsecas al trabajo (la muerte del paciente, la enfermedad incurable):
-Esas situaciones de urgencia que te atenazan la garganta y donde el tiempo se ralentiza. Aquel familiar que un momento así podía haber ayudado prestando aquel concentrador de oxígeno que el anciano que cuidaba ya no necesitaba, y se negó. La verdadera cara de muchas personas amables cuando se trata de hacer, y no sólo de decir.
-Médicos déspotas que por estrés o arrogancia te tratan como a una basura. Esa situación inolvidable con la anciana que se golpeó la cabeza y el médico tirando por tierra tu trabajo, arrinconándote y humillándote sin sentido frente a una compañera, y después frente otra, otra vez.
-Compañeros maltratándote, percibiendo debilidad en ti y amparándose en el grupo para hablarte mal, dejarte de lado o echarte en cara cosas a gritos. Aquella tarde en aquel hospital respondiendo sin parar a habitaciones que llamaban al timbre y haciendo cosas de aquí para allá mientras tus compañeras jugaban al parchís. Sí: cómo pude ser tan tonto.
-Pacientes y familiares de estrato social elevado, empleando su posición para doblegar las normas en su beneficio, obstruyendo tu trabajo. El cliente siempre tiene la razón, y si es rico, más.
-Ratios de pacientes ihumanas e imposibles. 130 pacientes para un solo enfermero.
-Muchos de ellos echándote en cara que no hayas venido "antes".
-Pacientes dementes, que tratarán de golpearte, arañarte, morderte, atacarte con los cubiertos, que te darán patadas mientras intentas curarlos, que se negarán a tomar esa medicación que necesitan.
-Un teléfono en tu bolsillo que no para de sonar. Ser el colador de las llamadas al centro: las llamadas para el médico también van a ti, porque es un ogro y te emplean a ti para que hagas de mensajero y recibas las malas caras, la broncas, los sermones. Las peguntas tontas van a a ti, los recados que otros podrían hacer van a ti, la responsabilidad de todo va a ti porque las auxiliares tienen el beneficio de tener demasiada poca responsabilidad y el médico es la intimidante vaca sagrada a quien nadie se atreve a cuestionar, así que el cabeza de turco ideal eres tú.
-Jefes y compañeros que no entienden que el tiempo del que dispones para hacer la tarea es limitado, pero la tarea es potencialmente infinita, porque al trabajo habitual se puede sumar (y ocurrirá) cualquier urgencia imaginable, se puede sumar un familiar que desea echarte una larga bronca por motivos que pueden perfectamente escapar a tu control, se puede sumar una auxiliar que haciendo su trabajo a toda prisa haga una terrible rozadura a un paciente que deberás curar tú dejando de lado lo demás (con lo cual nunca tendrán excesivo cuidado en su trabajo a menos que tengan verdadera vocación, ya que las consecuencias de su descuido nunca repercutirán en ellas).
-La situación anterior ocurriendo en una punta del edificio de cuatro plantas y tú estando en la punta contraria
-La imposibilidad, a causa de todo ello, de hacer tu pausa legalmente establecida de veinte minutos para comer porque el tiempo simplemente no te alcanza. Salir media hora, o una, o una y media más tarde por igual motivo. Entrar media hora antes tratando de paliar esa situación. Que nadie te lo agradezca nunca. Que te lo usen incluso como motivo de despido (verídico).
-El fuerte agotamiento físico y mental que puedes llegar a sentir. Y que a nadie le importará: cuando te pones ese uniforme blanco encima, pierdes varios grados en la escala de la humanidad y te conviertes a ojos de los demás en una máquina de servir, que debe acudir ipso facto a comprobar las constantes de fulanito/a cuando se maree, pero de quien nadie se planteará que también tiene un cuerpo y unos sentimientos que pueden sufrir daños, puede tener bajadas de tensión, dolores de cabeza, dolores de rodilla por el sobreesfuerzo de pasarse horas corriendo de un lado para otro tratando de llegar a todo, puede tener tristeza por las cosas que han ocurrido, pero será muy difícil que alguien se dé cuenta y le importe, porque eres sólo el enfermero, no un paciente.
-El enorme aburrimiento que pude llegar a sentir con la monotonía de ciertas tareas. Tomar la tensión: odio tomar tensiones.
-Compañeros que, con contadísimas excepciones, siempre he sentido que estaban en otra longitud de onda. Darte cuenta de que eras una persona de letras metida en un mundo de ciencias, algo que se nota mucho. Aunque he mencionado a gente horrible, también me he topado con mucha gente maravillosa y excelentes profesionales, pero con los que nunca pude hablar (hablar de verdad, no de decir "sí, está guay") de un libro, o una peli, o de algo digamos del mundo de las ideas.
Creo que voy a parar ya porque esto es como la caja de Pandora, y cuanto más sacas más sale. Aquí queda eso.
Cuando desée por primera vez hacer estos estudios, tenía muchísima ilusión, y deseaba sentir esa sensación tan especial de cuando haces algo útil por alguien. Pese a todas estas experiencias horribles que enumero, y que finalmente han pesado más, la enfermería también me ha dado momentos preciosos, y ha sido maravilloso vivirlos. Conectar con un paciente, y ver su sonrisa cuando se entera de que estás de turno ese día. Sentir que le haces más agradable la hospitalización a una persona. Salvar una vida con tu actuación (esto, de forma clara e inequívoca, sólo lo viví una vez). Sentirte útil, en definitiva, es algo que te llena muchísimo.
Así que, con este resumen desordenado de las cosas que he vivido vestido con el uniforme blanco y en ocasiones verde, cierro este capítulo de mi vida.
Y me preparo para darle la bienvenida el siguiente. ¡Allá vamos!
lunes, 16 de mayo de 2016
Elisabeth, los amigos y los "amigos"
Recientemente tuve una discusión con mi amiga Elisabeth. Desde entonces nuestra amistad ha terminado, seguramente para siempre, y yo he reflexionado muchísimo sobre el tema de la amistad.
Pero antes de hablar de eso, tengo que explicar un poco cómo era Elisabeth y mi relación con ella, porque son detalles cruciales en todo esto.
Hará unos dos años conocí a Elisabeth, en un vuelo de mi ciudad a esta en la que vivo. Antes de despegar, ella se despachaba por teléfono con alguien que, por lo que decía, era claramente su ex. Hablaba en voz lo bastante alta y daba los suficientes datos como hacer partícipes de toda su historia a todos los que estábamos a su alrededor. Yo fui a ponerme los auriculares para ver una película (en esta época se empezó a autorizar el uso de aparatos también antes de despegar), pero no llegué a tener tiempo, ya que un instante antes de enchufarlos, Elisabeth se dirigió a mí sin rodeos:
-Qué, lo has oído todo, ¿no? Ya ves qué cabrón es mi ex.
Una de sus virtudes es esa enorme extroversión y esa naturalidad que tiene, y que le permiten hacer amigos con increíble facilidad allá donde va. Después de un principio así, ya nos pasamos el resto del viaje hablando, y por su franqueza yo también me animé a contarle cosas mías muy personales: mi ruptura con Ikki un año atrás y nuestro regreso; y mi sensación de soledad en esta ciudad a menudo. Elisabeth me explicó que venía a esta ciudad en circunstancias un poco imprevistas y al final no tenía realmente muchos planes, así que al llegar al aeropuerto nos pidió a mí y a Ikki (que me esperaba en el aeropuerto, y flipó un poco con la nueva y repentina amiga) que la acompañáramos a su hotel. Durante los siguientes diez días o así que se quedó aquí, quedamos varias veces, consolidando esta amistad inesperada.
¿Y qué sentía yo al respecto? Me gustaba la confianza que te daba Elisabeth nada más conocerte, y que permitía establecer una amistad íntima con mucha más rapidez de lo normal. Yo soy una persona bastante reservada y no me es fácil abrirme de verdad a los demás, así que esta extroversión suya me ayudaba mucho o "pasar fases" de la amistad muy rápido. Al mismo tiempo, veía unas enormes diferencias entre Elisabeth y yo, y esto me agobiaba bastante. Elisabeth se acerca mucho al perfil de lo que habitualmente conocemos por una choni, es prácticamente el tipo de chica que podría ir a un concurso de buscar pareja de la tele (sí, exactamente a ese que piensas), le gusta ir de compras y hablar de dinero y lujos, y de guaperas salidos de este tipo de programas. Sentía que hasta cierto punto, era una amistad contra natura (ella misma decía que era capaz de ser amiga de gente como yo o Ikki porque era muy "hippy"). Además, me daba la impresión de que Elisabeth me veía como una especie de amigo-mascota: el mejor amigo gay que sirve de paño de lágrimas, te da consejitos y te escucha.
Nuestra gran discusión, para resumir, vino porque, coincidiendo con otra visita suya a esta ciudad, en un momento en el que yo necesité su ayuda, o al menos su participación, para algo que para mí era muy importante, Elisabeth apenas se dejó ver. Precisamente en esta época, sus antiguos amigos, que habían vivido aquí anteriormente, habían vuelto, y por lo que pude ver a ellos sí los vio bastante durante esos días. Elisabeth se cogió un cabreo tremendo cuando le dije que estaba molesto, y me dijo que mis motivos eran una chorrada, que vaya concepto de la amistad tenía, y más cosas por el estilo. Si yo ya estaba molesto con ella por eso, su reacción ya fue el último clavo en el ataúd. Sentí que confirmaba mi impresión de que esta amistad no tenía ningún sentido, y que Elisabeth no sólo no me aportaba nada, sino que me quitaba. Desde entonces no henos vuelto a hablar, y con suerte no lo haremos nunca.
Yo me hice la promesa de no volver a dejar entrar en mi vida a ninguna persona tóxica más, y como decía al principio, entré en una larga reflexión sobre la amistad y las relaciones que establecemos con la gente.
Desde que vivo aquí he ido tratabdo de hacer nuevos amigos, y en este tiempo, con más o menos dificultad, he ido conociendo a bastante gente. Si los pongo en una balanza con mis amigos "de siempre" de mi ciudad, sin embargo, siempre salen perdiendo, y la pregunta que me hago siempre es que si algo me pasara y tuviese que ser por ejemplo hospitalizado, aparte de Ikki, ¿quién sería ese amigo/a que estaría ahí? ¿Quién es esa persona para la que puedes ser incluido en cualquier plan? ¿Para quien eres uno de los imprescindibles el día de su cumpleaños? ¿Quién está en ese escalafón de amigo-con-todas-las-letras?
Quizás llegada una cierta edad crear nuevos lazos así de intensos es ya casi imposible, y la gente se centra más en sus familias y su círculo de siempre, así que lo que pido es imposible. Quizá yo soy una persona demasiado reservada, y me he vuelto muy independiente: a menudo siento que disfruto mucho de simplemente ponerme a escribir o ir a ver cosas por mi cuenta sin dar cuentas a nadie. Tengo momeentos en que, sentado en un autobús yendo hacia cualquier sitio, leyendo un libro mecido por el movimiento, me siento feliz.
Pero desde luego también tengo esos sábados y domingos en que Ikki está fuera por la razón que sea, y esos amigos que he ido conociendo tienen otros planes con sus otros amigos (¿de primera fila?) o sus familias. Y entonces me siento muy solo y me doy cuenta de que no se puede ser completamente feliz sin gente a tu alrededor por muy independiente que seas o creas ser.
Y entonces llegamos a uno de los dilemas a los que más vueltas le doy: ¿uno debe ser "exigente" y buscar a personas con las que tenga una afinidad real? ¿Y por tanto arriesgarse a quedarse solo, ya que esto no es nada fácil? ¿O bien debemos valorar el que una persona desee ser muestra amiga, y por muy poca afinidad que tengamos con ella, debemos adaptarnos aunque nos aburramos un poco o sintamos que estamos "anulando" un poco nuestra personalidad para estar con ella?
Las dos opciones tienen muchos peros, y en este bucle me encuentro. Una cosa es segura, y es lo que he aprendido con Elisabeth: no todo vale, y si tu instinto te dice que alguien sólo te va a parasitar, no vale la pena aceptar su compañía por no estar solo.
miércoles, 3 de febrero de 2016
La manera de salir del túnel
Aquí iba yo a escribir una entrada sobre lo mal que me encuentro en mi trabajo, lo mal que me siento conmigo mismo y lo desanimado que estoy, cuando me pongo a releer las últimas y escasísimas entradas de 2015 y me encuentro con que llevo un año obsesionado con el mismo tema.
El final se aproxima: en dos semanas se termina mi contrato. Ahora se inicia la etapa de incertidumbre que acompaña el quedarse en paro, y los fantasmas que me perseguían todo el pasado año siguen ahí. Recientemente, digamos que una fuente espía me confirmó que en mi trabajo se me considera básicamente un desastre. Cuando le he contado esto a la gente todos tratan de animarme y convencerme de que esto no es así: soy bueno en esto, dicen, si no, no habría tenido un trabajo en el que estuve dos años bien valorado y me fui por mi propio pie... La gente trata de animarte como sea, con toda su buena intención, pero seamos sinceros, la opinión que cuenta es la de aquella gente que trabaja contigo y te puede juzgar de primera mano. Y lo peor de todo es que esa gente no hace sino confirmar una opinión que yo ya había formado.
El mundo es duro. El mundo quiere matarte todo el rato, de hambre, de frío, de tristeza. Si no consigo hacer mi trabajo bien me echan, y si me echan y no gano dinero no puedo comprar comida y pagar un techo bajo el que vivir, y si no puedo pagar esas dos cosas me muero. El asterisco en el contrato es que tengo a Ikki y a mi familia que me pueden ayudar, así que a corto plazo digamos que no estoy en peligro directo... Pero uno no puede plantearse la vida desde la dependencia, o yo por lo menos no puedo.
Desde la última entrada hasta ahora, sin embargo, ha habido rayos de luz, y quiero hablar de ellos, porque me parece importante resaltar que no me he quedado de brazos cruzados. Desde que escribí esas entradas he estado muy atento a cualquier posibilidad que surgiera, y efectivamente han surgido, y ahí estoy, yendo a por ellas. No sé qué va a pasar, pero al menos la búsqueda de una salida está en marcha, no estoy quieto, y con esfuerzo y suerte quizás salga del túnel. Por favor.
El final se aproxima: en dos semanas se termina mi contrato. Ahora se inicia la etapa de incertidumbre que acompaña el quedarse en paro, y los fantasmas que me perseguían todo el pasado año siguen ahí. Recientemente, digamos que una fuente espía me confirmó que en mi trabajo se me considera básicamente un desastre. Cuando le he contado esto a la gente todos tratan de animarme y convencerme de que esto no es así: soy bueno en esto, dicen, si no, no habría tenido un trabajo en el que estuve dos años bien valorado y me fui por mi propio pie... La gente trata de animarte como sea, con toda su buena intención, pero seamos sinceros, la opinión que cuenta es la de aquella gente que trabaja contigo y te puede juzgar de primera mano. Y lo peor de todo es que esa gente no hace sino confirmar una opinión que yo ya había formado.
El mundo es duro. El mundo quiere matarte todo el rato, de hambre, de frío, de tristeza. Si no consigo hacer mi trabajo bien me echan, y si me echan y no gano dinero no puedo comprar comida y pagar un techo bajo el que vivir, y si no puedo pagar esas dos cosas me muero. El asterisco en el contrato es que tengo a Ikki y a mi familia que me pueden ayudar, así que a corto plazo digamos que no estoy en peligro directo... Pero uno no puede plantearse la vida desde la dependencia, o yo por lo menos no puedo.
Desde la última entrada hasta ahora, sin embargo, ha habido rayos de luz, y quiero hablar de ellos, porque me parece importante resaltar que no me he quedado de brazos cruzados. Desde que escribí esas entradas he estado muy atento a cualquier posibilidad que surgiera, y efectivamente han surgido, y ahí estoy, yendo a por ellas. No sé qué va a pasar, pero al menos la búsqueda de una salida está en marcha, no estoy quieto, y con esfuerzo y suerte quizás salga del túnel. Por favor.
domingo, 7 de junio de 2015
Objetivo: disciplina
Las cosas en mi trabajo van a peor.
Necesito salir de allí cuanto antes. Y necesito, haciendo honor al nombre de este blog, darle a mi vida un profundo giro.
Me resulta deprimente sentirme así, pero la realidad es que con casi 35 años me estoy dando cuenta de lo perdido que me encuentro en muchos ámbitos.
A nivel laboral, como ya expliqué en la entrada anterior, me ha quedado claro que he elegido una carrera para la que realmente yo no era apropiado. No se trata de querer sentirte útil, no se trata de sentir que tu trabajo importa, que también, sino que también se trata de tener unas cualidades personales, como la capacidad organizativa, la capacidad de centrarse en el aquí y el ahora y no perderse en ensoñaciones, el pragmatismo y la capacidad de liderazgo, de las que yo carezco.
Estos días se celebra la feria del libro, y como cada vez que entro en contacto con el mundo del arte y la creatividad, me invade una sensación agridulce: a la vez que disfruto de ello, me entra una envidia tremenda. Ver a toda esta gente que vive de su creatividad, sentados en sus stands, hablando con gente a la que les ha gustado su libro, o, si no son tan populares, tratando de convencerte para que le des una oportunidad a aquello que han creado. Sólo cuando tu trabajo te hace sentir vacío, te das cuenta de la enorme suerte que es vivir del arte.
De pequeño me gustaba mucho escribir, y todo el mundo me decía que tenía mucha imaginación. De una forma medio "mágica", llegué a creer que con desearlo, acabaría trabajando de guionista para el cine o la tele. Pero con el paso del tiempo, y sólo con que uno abra un poco los ojos y observe el mundo, se empieza a dar cuenta de varias cosas.
De que no eres ni tan especial ni tan bueno como creías, y que una vez sales de la pequeña pecera de tu clase del colegio o del círculo familiar, el mundo es enorme y está LLENO de gente muchíiiiiisimo mejor que tú, que escribe maravillosamente y tiene un talento descomunal.
De que eres un vago y te cuesta horrores sentarte a hacer eso que supuestamente "te gusta". De que gran parte de tu tiempo se va en matarlo haciendo tonterías que no te aportan nada al final.
Lo primero realmente no está en mis manos. Que siempre habrá alguien mejor es inevitable. Uno verdaderamente sólo puede competir contra sí mismo, y aspirar a ser la mejor versión de sí mismo que pueda.
Lo segundo sí lo puedo controlar. Esta pereza y esta dejadez nunca me van a solucionar nada, y si una cosa he observado en toda esta gente que logra escribir su libro, rodar su película, hacer su exposición, etc., es que se concentran en echarles horas a hacer su trabajo. Tienen disciplina, que es el requisito primero y esencial para lograr algo; casi más crucial que otros factores también importantes como el talento y la suerte.
Así que dejo aquí escrita esta promesa de cara a mí mismo: hoy, siete de junio de 2015, me comprometo a dejar de perder el tiempo como lo he hecho hasta ahora, y a empezar a emplearlo en escribir, en aprender, en mejorar.
Esta entrada empezaba con un tema diferente pero relacionado: la situación en mi trabajo. Estoy muy preocupado y angustiado por todo lo que está pasando (prefiero no entrar en detalles), y respecto a eso sólo puedo intentar evitar que las cosas vayan a peor, y con suerte, ya sea porque logre encontrar otra cosa, o porque ellos me decidan echar, salir de allí lo antes posible.
Etiquetas:
angustia,
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crear,
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propósitos
miércoles, 8 de abril de 2015
Necesito una salida
Me parece que este año voy a batir el récord de escasez de entradas...
Hace unos dos meses empecé en un trabajo nuevo. Y a través de esta experiencia, finalmente, he confirmado algo que llevaba tiempo fraguándose en mi interior: la enfermería no es lo mío.
A lo mejor dicho así parece una tontería, pero el tema me agobia mucho y ocupa casi la totalidad de mi mente durante las horas que paso en esa residencia de la tercera edad. Unas horas horribles, donde al mismo tiempo me aburro muchísimo y me angustio ante el estrés, la falta de tiempo y la sensación de verme superado por las circunstancias. Parece raro aburrirse al mismo tiempo que uno se estresa, pero ahora sé que es posible.
Es aburrido y a la vez estresante hacer un montón de tareas repetitivas y a menudo desagradables, mientras tratas con un enorme número de pacientes, varios de los cuales te tratan con una actitud degradante. En varios momentos debo hacer un gran esfuerzo para no ponerme a gritarles ante el tono con que me hablan y las cosas que me dicen, mientras llevo a cabo a toda la velocidad posible las mil tareas que hacer. Y a veces no logro controlarme. Ayer mientras trataba de terminar la cura de una paciente, casi a última hora, cansadísimo mental y físicamente y ya casi sin tiempo, la señora no paraba de hacer críticas y correcciones; pon esto así, haz esto, no pongas tanto, pon menos. Mi cara debía ser un poema, y estoy casi seguro de que me puse rojo de la ira y la desesperación.
Pero no sólo es algo de circunstancias externas. El problema también está dentro de mí, y es que simplemente, ahora ya lo veo claro, este no es mi camino. Y el problema es qué voy a hacer entonces. No tengo un plan b, pero de verdad que la idea de seguir así en el futuro me resulta horrible de imaginar, y a ratos, lo voy a decir ya, la idea que me viene a la cabeza es que si esto es lo que me espera durante años, no quiero vivirlo.
El cambio es la única constante en la vida, se dice siempre. Sólo puedo desear con toda mi alma que un cambio laboral llegue cuanto antes.
Hace unos dos meses empecé en un trabajo nuevo. Y a través de esta experiencia, finalmente, he confirmado algo que llevaba tiempo fraguándose en mi interior: la enfermería no es lo mío.
A lo mejor dicho así parece una tontería, pero el tema me agobia mucho y ocupa casi la totalidad de mi mente durante las horas que paso en esa residencia de la tercera edad. Unas horas horribles, donde al mismo tiempo me aburro muchísimo y me angustio ante el estrés, la falta de tiempo y la sensación de verme superado por las circunstancias. Parece raro aburrirse al mismo tiempo que uno se estresa, pero ahora sé que es posible.
Es aburrido y a la vez estresante hacer un montón de tareas repetitivas y a menudo desagradables, mientras tratas con un enorme número de pacientes, varios de los cuales te tratan con una actitud degradante. En varios momentos debo hacer un gran esfuerzo para no ponerme a gritarles ante el tono con que me hablan y las cosas que me dicen, mientras llevo a cabo a toda la velocidad posible las mil tareas que hacer. Y a veces no logro controlarme. Ayer mientras trataba de terminar la cura de una paciente, casi a última hora, cansadísimo mental y físicamente y ya casi sin tiempo, la señora no paraba de hacer críticas y correcciones; pon esto así, haz esto, no pongas tanto, pon menos. Mi cara debía ser un poema, y estoy casi seguro de que me puse rojo de la ira y la desesperación.
Pero no sólo es algo de circunstancias externas. El problema también está dentro de mí, y es que simplemente, ahora ya lo veo claro, este no es mi camino. Y el problema es qué voy a hacer entonces. No tengo un plan b, pero de verdad que la idea de seguir así en el futuro me resulta horrible de imaginar, y a ratos, lo voy a decir ya, la idea que me viene a la cabeza es que si esto es lo que me espera durante años, no quiero vivirlo.
El cambio es la única constante en la vida, se dice siempre. Sólo puedo desear con toda mi alma que un cambio laboral llegue cuanto antes.
domingo, 4 de enero de 2015
Esto me propongo...
Como cada año, el cambio de fecha siempre te hace pensar en lo que has hecho ese año, las cosas que has conseguido, las que no, y si estás contento en general o no con cómo han ido las cosas en ese año que termina. Tengo que reconocer que 2014 fue bastante flojo para mí (sí, y para muchísima gente: aún no hemos salido del túnel), y acabé el año con un poco de melancolía, sobre todo a nivel laboral, pues ha sido desastroso y no puedo seguir así mucho más.
A nivel personal, volví con Ikki, y hasta ahora, aunque ha habido momentos de vacilación, no me arrepiento, y estoy contento de tener esta segunda oportunidad. Además, alguno de los propósitos del año pasado los he logrado cumplir (los he repasado, y la verdad, como mínimo el uno y el dos me los he trabajado mucho, y algo he logrado: ahora hablo más abiertamente del tipo de hombre que me pone, y aunque no sean mis amigos del alma, algún amiguillo nuevo sí he hecho, y quisiera reforzar más esas relaciones nuevas: se trata de ir más allá el amigo-para-un-café). También he conseguido tachar alguna línea de la lista de cosas que quisiera hacer mientras viva. Así que bueno, tampoco tan mal, ¿no?
Aunque como ya digo me sentía melancólico según terminaba 2014, al empezar 2015 he empezado a sentir un nuevo impulso de optimismo y ganas de hacer cosas. Yo soy como una montaña rusa y nunca sé cuando me dará el próximo bajón... Pero en todo caso, aquí van mis propósitos para 2015. ¡Feliz año a todo el mundo!
1. Echarle más constancia a las cosas. A lo largo de este año me he ido haciendo muy consciente (leyendo artículos, entrevistas, de todo) de que el secreto de casi todas las cosas que triunfan o llegan a buen puerto es la constancia, el trabajo día a día. Hay gente que son genios, sí, pero incluso los genios necesitan echarle horas a las cosas que hacen. Yo soy un dejado, un vago y un flojo, y así no llegaré a ninguna parte. Querido Ronan: ponte las pilas y lucha activamente por mejorar. Para lograr un trabajo, para desarrollar tus hobbies y tus habilidades, para aprender cosas nuevas que te serán útiles, para desarrollarte como persona en general. Concéntrate.
2. No dejar siempre todo para después. Muy relacionado con lo anterior.
3. No dedicar tanto rato a Internet, y procurar que gran parte del rato que le dedique sea productivo (aprender, hacer cosas creativas, expresarme en este blog para aclararme las ideas).
4. Aprovechar más el tiempo. Organizarte, planificar.
5. No hacer más amigos tóxicos, sólo buscar a la gente que de verdad te aporta cosas; y minimizar el contacto con los amigos tóxicos que ya están en mi vida.
6. Prueba de constancia. A lo largo de este año, me he propuesto que haré al menos un dibujo (a lápiz, a boli, a tinta: lo que sea) cada día del año, y así comprobaré eso que siempre se dice de que con la práctica se mejora cualquier habilidad.
Ahí queda eso. Vamos allá.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Amigos tóxicos
Los últimos dos días estuvo de visita una amiga de otra ciudad. Vamos a llamarla Emma.
Ya venía notándolo desde hacía tiempo, pero ayer, tras pasar casi el día entero con ella, se me hizo evidente: no disfruto nada estando con Emma. Me saca de quicio y me agota incluso físicamente.
¿Qué hace Emma? Veamos. Para empezar, nuestros intereses son muy, muy, muy distintos. Yo tengo mucha curiosidad por todo de tipo de cosas, me gusta el cine, leer, informarme de temas variados, ver exposiciones. No es que sea una persona cultísima (en lo que se refiere a política, geografía y economía, por ejemplo, soy un paleto básicamente), pero como digo, tengo bastante curiosidad por casi todo. A Emma no le gusta leer (estábamos en una librería y miraba los libros como quien mira insectos exóticos), no le gusta mucho el cine, ni le gusta el arte en general, y básicamente sólo habla de chicos, de historias de amigas y de trabajo.
Es posible que durante la carrera, aunque yo ya iba notando sus "cosas", el nexo común que suponía estudiar juntos y tener problemas parecidos (los exámenes y demás) nos uniera lo suficiente, pero ahora pasar mucho rato con ella me agota, y siento que es más lo que nos distancia que lo que nos acerca.
Pero lo peor no es eso. Es que a nivel más personal, Emma tiene una actitud "perfeccionista", por llamarla de alguna manera, que me saca de quicio. Copio y pego de una página:
Os preguntaréis cómo lo aguanto. La principal razón es que soy un cobarde que siempre quiere agradar, y la segunda es que este tipo de cosas las dice bromeando y sonriendo, y no ha lugar a entrar en discusiones. Pero agota, y mucho, y te obliga a estar en un constante estado de "alerta" para que no te pille en un error, o con cara de distraído y entonces aproveche para "atacar".
Además, al rato de oírla hablar, te das cuenta de que Emma tiene críticas para todo el mundo, especialmente todo el que la contradiga o haga algo que le parezca mal. Estos días se quejaba veladamente de no haber sido invitada a cierta celebración, y en cambio cierta otra persona sí lo fue. Cómo decírselo, pero lo cierto es que adivino la razón: es de esas personas que de manera muy sutil te pueden agriar ligeramente la fiesta. Con una mirada no muy limpia. Con un gesto de velada crítica. Con actitud de dignidad herida que enturbia el ambiente. Esa persona que tras la boda disfruta criticando el menú, o el vestido de la novia, o lo que sea. Incluso si te halaga, de alguna extraña forma te hace sentir culpable (porque notas que bajo el halago hay... envidia).
El caso es que Emma nunca imaginaría que pienso todo esto y me siento así. Pese a todo esto, también tiene evidentemente sus características positivas y en el pasado me ha ayudado, pero si soy sincero conmigo mismo, ya no deseo ser más su amigo. Es una persona tóxica, no soy el primero en notarlo, y me gustaría salir de la red.
Y no sé cómo.
En ocasiones le cuento cosas que subrayan lo diferentes que somos. Trato de ser yo mismo en vez de adaptarme y hablarle de las cosas que me interesan de verdad para que se aburra y se dé cuenta de que no tenemos cosas en común y yo le parezca un rollo. También trato de hacerle ver que no soy ese peluche amoroso en el que ella me ha encasillado y que soy capaz de hacer cosas moralmente "erróneas", que he probado drogas, que he fumado, que he tenido sexo de una noche, que me gusta también la música electrónica ("Uuuuy, ¡pero Ronan, qué te ha pasado que te han cambiado!"). Con la esperanza de que se decepcione y se aleje.
Todo porque no sé cómo hacer eso tan simple que todo el mundo sabe hacer instintivamente de hacer que la gente que no te agrada se aleje de ti. Evidentemente no soy capaz de decirle todo esto que he escrito ahí arriba, y menos cuando nunca le he dado a entender que me siento así, y me parece demasiado brusco decírselo de pronto. ¿Alguien sabe cómo se hace? ¿Algún truco?
Ya venía notándolo desde hacía tiempo, pero ayer, tras pasar casi el día entero con ella, se me hizo evidente: no disfruto nada estando con Emma. Me saca de quicio y me agota incluso físicamente.
¿Qué hace Emma? Veamos. Para empezar, nuestros intereses son muy, muy, muy distintos. Yo tengo mucha curiosidad por todo de tipo de cosas, me gusta el cine, leer, informarme de temas variados, ver exposiciones. No es que sea una persona cultísima (en lo que se refiere a política, geografía y economía, por ejemplo, soy un paleto básicamente), pero como digo, tengo bastante curiosidad por casi todo. A Emma no le gusta leer (estábamos en una librería y miraba los libros como quien mira insectos exóticos), no le gusta mucho el cine, ni le gusta el arte en general, y básicamente sólo habla de chicos, de historias de amigas y de trabajo.
Es posible que durante la carrera, aunque yo ya iba notando sus "cosas", el nexo común que suponía estudiar juntos y tener problemas parecidos (los exámenes y demás) nos uniera lo suficiente, pero ahora pasar mucho rato con ella me agota, y siento que es más lo que nos distancia que lo que nos acerca.
Pero lo peor no es eso. Es que a nivel más personal, Emma tiene una actitud "perfeccionista", por llamarla de alguna manera, que me saca de quicio. Copio y pego de una página:
Esa es Emma. Constantemente necesita hacerte saber que aunque no viva aquí y haya ido una sola vez a ese sitio, sabe perfectamente el camino y sabría llegar sin ti. Que ya sabe eso que le ibas a explicar. Que eso que has hecho está mal. Que estás equivocado. Que no dijo eso. Que no dijiste eso. Que sí dijiste eso.
"Una persona que tiene la actitud tóxica del exceso de soberbia es aquella que ejerce el rol de autoridad constante, te corrige incluso cuando no tiene que hacerlo y se comporta como si estuviera en posesión de la verdad. Además, no se permite aprender de los demás y se siente incómoda cuando le llevan la contraria".
Os preguntaréis cómo lo aguanto. La principal razón es que soy un cobarde que siempre quiere agradar, y la segunda es que este tipo de cosas las dice bromeando y sonriendo, y no ha lugar a entrar en discusiones. Pero agota, y mucho, y te obliga a estar en un constante estado de "alerta" para que no te pille en un error, o con cara de distraído y entonces aproveche para "atacar".
Además, al rato de oírla hablar, te das cuenta de que Emma tiene críticas para todo el mundo, especialmente todo el que la contradiga o haga algo que le parezca mal. Estos días se quejaba veladamente de no haber sido invitada a cierta celebración, y en cambio cierta otra persona sí lo fue. Cómo decírselo, pero lo cierto es que adivino la razón: es de esas personas que de manera muy sutil te pueden agriar ligeramente la fiesta. Con una mirada no muy limpia. Con un gesto de velada crítica. Con actitud de dignidad herida que enturbia el ambiente. Esa persona que tras la boda disfruta criticando el menú, o el vestido de la novia, o lo que sea. Incluso si te halaga, de alguna extraña forma te hace sentir culpable (porque notas que bajo el halago hay... envidia).
El caso es que Emma nunca imaginaría que pienso todo esto y me siento así. Pese a todo esto, también tiene evidentemente sus características positivas y en el pasado me ha ayudado, pero si soy sincero conmigo mismo, ya no deseo ser más su amigo. Es una persona tóxica, no soy el primero en notarlo, y me gustaría salir de la red.
Y no sé cómo.
En ocasiones le cuento cosas que subrayan lo diferentes que somos. Trato de ser yo mismo en vez de adaptarme y hablarle de las cosas que me interesan de verdad para que se aburra y se dé cuenta de que no tenemos cosas en común y yo le parezca un rollo. También trato de hacerle ver que no soy ese peluche amoroso en el que ella me ha encasillado y que soy capaz de hacer cosas moralmente "erróneas", que he probado drogas, que he fumado, que he tenido sexo de una noche, que me gusta también la música electrónica ("Uuuuy, ¡pero Ronan, qué te ha pasado que te han cambiado!"). Con la esperanza de que se decepcione y se aleje.
Todo porque no sé cómo hacer eso tan simple que todo el mundo sabe hacer instintivamente de hacer que la gente que no te agrada se aleje de ti. Evidentemente no soy capaz de decirle todo esto que he escrito ahí arriba, y menos cuando nunca le he dado a entender que me siento así, y me parece demasiado brusco decírselo de pronto. ¿Alguien sabe cómo se hace? ¿Algún truco?
lunes, 20 de octubre de 2014
Las brasas también queman
F fue compañero de clase en un curso que hice. Me llevaba unos quince años y tenía una personalidad arrolladora, siendo a la vez la persona más payasa de la clase y probablemente la más culta e inteligente. Una combinación que me pulverizaba. El caso es que durante un tiempo yo percibí señales por su lado. De hecho todo empezó por su lado: un buen día me hizo un regalo sin venir realmente a cuento. Parecía que pasito a paso íbamos acercándonos a algo... Pero no llegábamos nunca. Finalmente un día cogí el toro por los cuernos y, a costa de unos nervios y una vergüenza terribles, le dije que me gustaba muchísimo. Tener conversaciones "serias" con él era (y es) muy complicado, porque entre su verborrea y su humor a borbotones... En fin, resumiendo la conversación, me dijo que efectivamente se había planteado de verdad algo conmigo, pero tras reflexionarlo, había decidido que la diferencia de edad era demasiada. La cosa quedó en que hablaríamos más, pero fueron pasando los días y nada. Supongo que cegado por lo que sentía, y porque la respuesta no fue totalmente tajante y quedaba un resquicio de posibilidad, volví a tratar de sacar el tema más adelante, hasta que finalmente llegó el no rotundo.
Si alguien que me lee está a tiempo de no cometer el mismo error, sólo quiero decirte que cuando la otra persona no sea clara y pese a lo que te diga te dé largas, nunca jamás insistas. Nunca, nunca, nunca, porque sólo sirve para pegarte una hostia mayor, y un día lo recordarás y te dará tanta vergüenza que querrás meter la cabeza bajo la tierra. Si alguien está de verdad interesado en ti, pondrá los medios.
En fin. Con el tiempo tuve que darme de baja de aquel curso, que duraba varios años, porque aunque manteníamos una relación amistosa y básicamente hacíamos como si aquello jamás hubiese ocurrido, para mí era un suplicio pasar allí esas horas con él. Sentía una ansiedad tremenda cuando tenía que ir a clase, y llegué a tener contracturas y dolores extraños de la pura tensión.
Fast forward a hoy en día. El tiempo y la distancia no sé si lo curarán todo, pero desde luego cambian las cosas, y en diez años da tiempo de que te pase de todo. De pronto se creó un grupo de wasap de la gente de esta clase, y supe de él después de tanto. Se planificó hacer una cena.
Me preguntaba qué me iba a pasar. Ahora no soy el mismo, soy menos inocente en todos los sentidos, he tenido más desengaños, y ahora estoy con Ikki... Por una parte pensaba que vería a F, sentiría simpatía por él y sería bonito verle a él y a los demás, y basta. Por otra, estaba un tanto preocupado y pensaba cosas del tipo de qué impresion le iba a causar yo ahora, lo cual era una mala señal.
La reunión, al final, me dejó una sensación amarga y turbulenta. Sí, parece mentira, diez años después F sigue teniendo la capacidad de trastornarme. Sigue siendo el mismo, yo por lo visto sigo siendo en gran parte el mismo, y me fue de allí como si por dentro llevara un maremoto.
Quizás eso que dicen de que donde hubo llamas quedan rescoldos es cierto, y me temo que tres personas de mi vida, F uno de ellos, pase el tiempo que pase siempre seguirán teniendo la capacidad de reabrirme la herida si algún día volvemos a vernos.
Aunque F me sigue haciendo polvo, a nivel "racional" al menos ahora entiendo claramente que esto no tenía ningún futuro, no exactamente por la diferencia de edad (cuando se quiere, se puede, y existen cientos de parejas así por el mundo), sino porque con alguien que te eclipsa de semejante manera no se puede tener una relación que funcione. Durante la cena, F acaparó gran parte de la conversación; la mayor parte consistió en bromas y bromas a velocidad de ametralladora, y yo, aún tratándose sólo de un pequeño puñado de gente, quedé totalmente en segundo plano. Pero el corazón es tonto, y os mentiría si no os dijera que una pequeña parte de mí volvió a albergar esperanzas ridículas, aunque esté con Ikki y la idea sea estúpida.
Ahora que llevo meses después de haber vuelto con Ikki, voy pasando por fases, y me pregunto si algún día podré estar totalmente en paz, como esos famosos que explican en las entrevistas que todo en su relación es como un rayo de luz sin fisuras. Hay días en que todo es pasión y felicidad, pero hay días en que el aburrimiento vuelve a asomar la cabeza, y también hay días en que determinadas cosas me hacen pensar si mi vida no necesita un profundísimo revulsivo. Y lo dejo aqui porque esto es tema de otra entrada.
sábado, 11 de octubre de 2014
Ya, por favor
Tarde tonta de sábado. Ikki está en su pueblo, y yo aquí, y me siento vacío y sin nada que hacer. Sí, hay algo que debería hacer: ponerme con la maleta. Mañana me voy a pasar unos días a mi ciudad natal. Donde estará mi familia, mis amigos, gente que contará conmigo para cosas.
Estoy bastante desanimado. Entramos ya en la última parte del año, y un vez más, no he logrado hacer amigos aquí este año. Si entro en detalles, sí, vale, he conocido a gente y con alguna de ellas puedo quedar de vez en cuando. Sin embargo, un amigo de un café o un cine esporádico no me es suficiente.
Está A, que en realidad está en un momento de su vida distinto al mío y se nota (es decir: le llevo unos años) y eso crea una distancia. Está C, que me parece ideal: pensamos de forma parecida, es de mi misma edad, compartimos un buen número de intereses, tenemos un nivel socio cultural virtualmente idéntico. Pero sin embargo, algo hay que nos impide ir más allá, y es que siento que siempre soy soy yo el que propone planes. No creo que C piense que pretendo nada porque es una chica y sabe que tengo novio, pero el caso es que ahí queda ese muro invisible, y llega un punto en que me da vergüenza volver a escribirle yo. Está A2, que es muy buena persona, pero al final es una persona "de barrio", con una forma de pensar y de ser muy distinta, y eso marca una enorme distancia y en muchas ocasiones me ha hecho pasar malos ratos a su lado. Somos de mundos demasiado distintos. Está L, que compartía conmigo su gusto por una serie de televisión y eso parecía que nos uniría más, porque ambos éramos fans a un nivel poco frecuente, y la serie no es muy popular... pero finalmente L tiene su mundo y yo soy sólo un amigo-de-café. Está P, que es un amigo-de-salir-de-marcha. Te avisa dos horas antes, y a menudo como respuesta de un mensaje tuyo, no porque salga de él únicamente.
No sé si me dejo a alguien, pero supongo que ya queda claro. A lo mejor es culpa mía por pedir demasiado, pero yo lo que necesito es a alguien que cuente conmigo de verdad, alguien en quien me pueda apoyar y para quien yo sea igual de importante. Alguien a quien pudiera darle una llave de reserva de mi casa en esta ciudad que no es mía por si pasara algo, alguien a quien pudiera llamar si me pasara cualquier cosa y, pongamos, me ingresaran en el hospital. Aquí en definitiva sólo tengo a Ikki, y cuando Ikki se va a su pueblo, me entra esta angustiosa sensación de soledad y queda claro que "amigos" con todas las letras, aquí no tengo.
A la mente me vienen toda clase de pensamientos. Que quizá cuando se superan los treinta es muy difícil hacer amigos nuevos. Que la culpa es mía porque soy demasiado tímido, o raro, o transmito cualquier cosa negativa. Que simplemente es cuestión de seguir intentándolo hasta que suene la flauta, porque si hasta hoy he ido logrando hacer amigos en cada momento de mi vida, ¿por qué ahora no iba a poder?
Por otro lado, ocurren cosas que me desesperan. Recientemente empecé el curso en una nueva clase de idiomas donde esperaba conocer a gente de gustos parecidos... y me encuentro con que mis compis son en un 90% adolescentes o poco menos. Qué desesperación me entró al verlo. La anterior vez que me matriculé en una clase, tuve UN SÓLO compañero, un padre de familia de cincuenta y pico. Un señor muy simpático, pero evidentemente no mi futuro amigo. Ahora, un MONTÓN de compañeros, pero prácticamente todos unos diecisésis años más jóvenes. Joder, parece broma. En fin. Quizás tenga suerte con las dos o tres compis de edades más parecidas.
Hace unos años viví en otra ciudad, y también lo pasé mal para conocer a gente. En realidad aquello fue aún peor, porque sumado a lo otro, tuve dos "desengaños" amorosos y bueno, pocas cosas peores que verte solo, sin familia, sin amigos y con el corazón roto. El caso es que aproximadamente al año y medio probé suerte yendo a una especie de ONG, y allí de pronto todo vino rodado: conocí a dos amigos que se convirtieron en mi "familia", y además de la relación muy cercana con ellos dos, a otro puñado de gente relacionada con ellos con la que si bien no tenía tanta confianza, contaban también conmigo para salir, cenar y cosas así. Fue de rebote con toda esta gente que conocí a Ikki, por cierto, así que ya veis hasta qué punto la cosa salió bien. ¿Fue un golpe de suerte espectacular, o puedo aspirar a que eso se repita?
No quiero seguir así otro año más. Si es por fallo mío quisiera saber qué hago mal para corregirlo ya, y si es una cuestión de suerte, necesito que cambie ya, por favor.
Estoy bastante desanimado. Entramos ya en la última parte del año, y un vez más, no he logrado hacer amigos aquí este año. Si entro en detalles, sí, vale, he conocido a gente y con alguna de ellas puedo quedar de vez en cuando. Sin embargo, un amigo de un café o un cine esporádico no me es suficiente.
Está A, que en realidad está en un momento de su vida distinto al mío y se nota (es decir: le llevo unos años) y eso crea una distancia. Está C, que me parece ideal: pensamos de forma parecida, es de mi misma edad, compartimos un buen número de intereses, tenemos un nivel socio cultural virtualmente idéntico. Pero sin embargo, algo hay que nos impide ir más allá, y es que siento que siempre soy soy yo el que propone planes. No creo que C piense que pretendo nada porque es una chica y sabe que tengo novio, pero el caso es que ahí queda ese muro invisible, y llega un punto en que me da vergüenza volver a escribirle yo. Está A2, que es muy buena persona, pero al final es una persona "de barrio", con una forma de pensar y de ser muy distinta, y eso marca una enorme distancia y en muchas ocasiones me ha hecho pasar malos ratos a su lado. Somos de mundos demasiado distintos. Está L, que compartía conmigo su gusto por una serie de televisión y eso parecía que nos uniría más, porque ambos éramos fans a un nivel poco frecuente, y la serie no es muy popular... pero finalmente L tiene su mundo y yo soy sólo un amigo-de-café. Está P, que es un amigo-de-salir-de-marcha. Te avisa dos horas antes, y a menudo como respuesta de un mensaje tuyo, no porque salga de él únicamente.
No sé si me dejo a alguien, pero supongo que ya queda claro. A lo mejor es culpa mía por pedir demasiado, pero yo lo que necesito es a alguien que cuente conmigo de verdad, alguien en quien me pueda apoyar y para quien yo sea igual de importante. Alguien a quien pudiera darle una llave de reserva de mi casa en esta ciudad que no es mía por si pasara algo, alguien a quien pudiera llamar si me pasara cualquier cosa y, pongamos, me ingresaran en el hospital. Aquí en definitiva sólo tengo a Ikki, y cuando Ikki se va a su pueblo, me entra esta angustiosa sensación de soledad y queda claro que "amigos" con todas las letras, aquí no tengo.
A la mente me vienen toda clase de pensamientos. Que quizá cuando se superan los treinta es muy difícil hacer amigos nuevos. Que la culpa es mía porque soy demasiado tímido, o raro, o transmito cualquier cosa negativa. Que simplemente es cuestión de seguir intentándolo hasta que suene la flauta, porque si hasta hoy he ido logrando hacer amigos en cada momento de mi vida, ¿por qué ahora no iba a poder?
Por otro lado, ocurren cosas que me desesperan. Recientemente empecé el curso en una nueva clase de idiomas donde esperaba conocer a gente de gustos parecidos... y me encuentro con que mis compis son en un 90% adolescentes o poco menos. Qué desesperación me entró al verlo. La anterior vez que me matriculé en una clase, tuve UN SÓLO compañero, un padre de familia de cincuenta y pico. Un señor muy simpático, pero evidentemente no mi futuro amigo. Ahora, un MONTÓN de compañeros, pero prácticamente todos unos diecisésis años más jóvenes. Joder, parece broma. En fin. Quizás tenga suerte con las dos o tres compis de edades más parecidas.
Hace unos años viví en otra ciudad, y también lo pasé mal para conocer a gente. En realidad aquello fue aún peor, porque sumado a lo otro, tuve dos "desengaños" amorosos y bueno, pocas cosas peores que verte solo, sin familia, sin amigos y con el corazón roto. El caso es que aproximadamente al año y medio probé suerte yendo a una especie de ONG, y allí de pronto todo vino rodado: conocí a dos amigos que se convirtieron en mi "familia", y además de la relación muy cercana con ellos dos, a otro puñado de gente relacionada con ellos con la que si bien no tenía tanta confianza, contaban también conmigo para salir, cenar y cosas así. Fue de rebote con toda esta gente que conocí a Ikki, por cierto, así que ya veis hasta qué punto la cosa salió bien. ¿Fue un golpe de suerte espectacular, o puedo aspirar a que eso se repita?
No quiero seguir así otro año más. Si es por fallo mío quisiera saber qué hago mal para corregirlo ya, y si es una cuestión de suerte, necesito que cambie ya, por favor.
miércoles, 16 de julio de 2014
Atravesar
Hace un par de semanas encontré trabajo.
Estar en paro es desesperante, y en ocasiones te hace caer en bajones y sentirte un inútil sin propósito en la vida.
Pero tener un trabajo que no te gusta nada y que sientes que te aplasta bajo su dificultad y su dureza es terrible también. En esas estoy.
En una de esas fases de la vida en la que mi pensamiento más recurrente es "por favor, que se termine todo esto ya". No voy a entrar en detalles, pero trabajo en un sitio con un grado de burocracia demencial y unas dimensiones inabarcables y agotadoras (es decir: media docena de plantas que subir y bajar permanentemente durante horas, corriendo mientras tratas desesperadamente de ajustarte al horario y rezas porque ningún imprevisto te lo haga imposible). En mi anterior trabajo me desesperaba porque me aburría y sentía que no avanzaba. En este es más una desesperación tipo "nudo en el pecho" por la ansiedad de sentir que no llegas.
Esto me ha llevado a empezar a preocuparme por mi futuro. Sé muy bien lo que no quiero: no quiero esto. No quiero este tipo de trabajo. Quiero un trabajo que no me haga daño física o psicológicamente. A lo mejor pido mucho, y esa es mi cruz, ser un insatisfecho crónico, pero nunca antes he sentido tan intensamente que no puedo quedarme en este sitio para siempre, ni siquiera para muchos meses. Y entonces, ¿qué hago? Os parecerá ridículo, pero con el paso del tiempo más y más voy envidinado a la gente que o bien es millonaria por herencia o lo que sea y se dedica a lo que le dé la gana, o bien que tiene la suerte de trabajar en trabajos "bonitos" y/o creativos. Actores, cantantes, guionistas, redactores de páginas de cultura friki, fotógrafos. Sí, sí, lo sé, todos los trabajos tienen sus pegas y su parte mala, pero por mucho que digamos es incomparable ser Beyoncé y ser un minero. Es indiscutible que hay trabajos y trabajos. La enfermería puede ser por momentos muy bonita, pero cuando se ejerce a toda prisa, con ansiedad y pensando en mil cosas burocráticas que no tienen nada que ver con ella, no lo es.
Me siento atrapado, no sé qué voy a hacer con mi futuro, y sólo sé que no soporto la idea de que esto sea mi vida para siempre.
Estar en paro es desesperante, y en ocasiones te hace caer en bajones y sentirte un inútil sin propósito en la vida.
Pero tener un trabajo que no te gusta nada y que sientes que te aplasta bajo su dificultad y su dureza es terrible también. En esas estoy.
En una de esas fases de la vida en la que mi pensamiento más recurrente es "por favor, que se termine todo esto ya". No voy a entrar en detalles, pero trabajo en un sitio con un grado de burocracia demencial y unas dimensiones inabarcables y agotadoras (es decir: media docena de plantas que subir y bajar permanentemente durante horas, corriendo mientras tratas desesperadamente de ajustarte al horario y rezas porque ningún imprevisto te lo haga imposible). En mi anterior trabajo me desesperaba porque me aburría y sentía que no avanzaba. En este es más una desesperación tipo "nudo en el pecho" por la ansiedad de sentir que no llegas.
Esto me ha llevado a empezar a preocuparme por mi futuro. Sé muy bien lo que no quiero: no quiero esto. No quiero este tipo de trabajo. Quiero un trabajo que no me haga daño física o psicológicamente. A lo mejor pido mucho, y esa es mi cruz, ser un insatisfecho crónico, pero nunca antes he sentido tan intensamente que no puedo quedarme en este sitio para siempre, ni siquiera para muchos meses. Y entonces, ¿qué hago? Os parecerá ridículo, pero con el paso del tiempo más y más voy envidinado a la gente que o bien es millonaria por herencia o lo que sea y se dedica a lo que le dé la gana, o bien que tiene la suerte de trabajar en trabajos "bonitos" y/o creativos. Actores, cantantes, guionistas, redactores de páginas de cultura friki, fotógrafos. Sí, sí, lo sé, todos los trabajos tienen sus pegas y su parte mala, pero por mucho que digamos es incomparable ser Beyoncé y ser un minero. Es indiscutible que hay trabajos y trabajos. La enfermería puede ser por momentos muy bonita, pero cuando se ejerce a toda prisa, con ansiedad y pensando en mil cosas burocráticas que no tienen nada que ver con ella, no lo es.
Me siento atrapado, no sé qué voy a hacer con mi futuro, y sólo sé que no soporto la idea de que esto sea mi vida para siempre.
domingo, 30 de marzo de 2014
La luz negra de la discoteca
Ayer por la noche salí con con dos amiguillos y otros amigos de ellos. En principio salía con pocas ganas, porque estaba muy cansado, pero ya había dicho que no el día anterior que estaba completamente exprimido, y no quería quedar de aburrrido que siempre dice que no a los planes (ya sabéis, ahora soy el hombre del sí a-casi-todo).
Al principio me empecé a animar bastante, inesperadamente. Esos días que después de una cerverza te empiezas a poner eufórico y la cosa fluye. Los chicos que conocía menos o acababa de conocer esa noche me parecían simpáticos y la cosa pintaba bien.
Sin embargo, poco a poco la cosa fue decayendo sutilmente, y al volver a casa y hoy, al día siguiente, la sensación que me quedó de esta noche es un tanto de... vacío. Voy a intentar explicarlo todo.
En ocasiones, y aquí viene una opinión políticamente incorrecta, el ambiente me parece un entorno superficial y deprimente. Características de la discoteca a la que fuimos: público principalmente de guapetes de gimnasio descamisados de mirada un tanto arrogante. DJ elevado en un absurdo podio, inalcanzable literalmente. Música íntegramente compuesta de dance chunda chunda (y hablo yo, que escucho música trance, pero eso es otra historia de la que otro día hablaré), puntuada por algún interludio de alguna canción conocida remezclada al estilo, valga la redundancia, dance chunda chunda. En estos casos ocurría un fenómeno que sería gracioso si no fuera estúpido: la gente aullaba encantada en cuanto reconocian un trozo de melodía familiar, quizá de algún tema de los 90 en versión nueva. Pero esos trocitos eran apenas cinco segundos en medio de los bombos, y en seguida se apagaba la euforia colectiva y volvíamos todos con decaimiento a bailar el obligatorio chunda chunda. Todos pagamos 15 euros con derecho a una sola copa por tragar con esta mierda de música que visiblemente no está motivando a nadie, y al DJ encima le ponemos en un podium. Hmmmm...
Cuando veo entornos así, pierdo un poco la fe, y siento que toda la lucha por los derechos de los gays finalmente nos ha llevado a sitios como esta discoteca llena de gente obsesionada con su físico, aparentando y haciéndose la distante e interesante, bailando por quedar de guay al ritmo de una música que la mayoría no está disfrutando. Y más deprimente me resulta todo esto cuando lo comparo con el caso de una persona que recientemente he conocido, proveniente de un país africano, que por su activismo en favor de la igualdad se ha expuesto a amenazas de muerte incluso.
A nivel ya personal, según avanzaba la noche me fui sintiendo y quedando más y más desconectado de los compis y de la gente alrededor. Ocurre que todos en mi grupo eran menores que yo, algunos bastante, y otros simplemente en una órbita distinta, y a fin de cuentas se nota. Era un círculo vicioso, porque cuanto menos hablaba, menos me apetecía hablar, y más descolgado me iba quedando. Por no decir que mi voz es tan débil que mantener conversaciones en una discoteca o un bar lleno siempre me ha resultado muy difícil... Para no mentir, tengo que decir también que en medio de todos estos tíos que no se ajustan nada a mi tipo, alguno que otro sí me pareció atractivo, pero no ligué con nadie, y eso también de desanima un poco. Para empezar no puedo, porque ahora estoy con Ikki, y sinceramente traté de frenarme con uno en concreto que se me puso a hablar y que me gustó bastante. Así que por un lado yo no me dejé llevar demasiado, y el entorno en general tampoco me daba mucha posibilidad. Y la verdad es que ir a una discoteca y sentirte un tanto invisible es, tengo que reconocerlo, un poco deprimente. Yo también entro en la rueda de la superficialidad, sí.
En fin. A veces, salir por la noche, más que algo divertido, es como entrar un mundo paralelo bastante oscuro y bastante hostil, y enfrentarte a lo más turbio de ti mismo y de los demás
.
Al principio me empecé a animar bastante, inesperadamente. Esos días que después de una cerverza te empiezas a poner eufórico y la cosa fluye. Los chicos que conocía menos o acababa de conocer esa noche me parecían simpáticos y la cosa pintaba bien.
Sin embargo, poco a poco la cosa fue decayendo sutilmente, y al volver a casa y hoy, al día siguiente, la sensación que me quedó de esta noche es un tanto de... vacío. Voy a intentar explicarlo todo.
En ocasiones, y aquí viene una opinión políticamente incorrecta, el ambiente me parece un entorno superficial y deprimente. Características de la discoteca a la que fuimos: público principalmente de guapetes de gimnasio descamisados de mirada un tanto arrogante. DJ elevado en un absurdo podio, inalcanzable literalmente. Música íntegramente compuesta de dance chunda chunda (y hablo yo, que escucho música trance, pero eso es otra historia de la que otro día hablaré), puntuada por algún interludio de alguna canción conocida remezclada al estilo, valga la redundancia, dance chunda chunda. En estos casos ocurría un fenómeno que sería gracioso si no fuera estúpido: la gente aullaba encantada en cuanto reconocian un trozo de melodía familiar, quizá de algún tema de los 90 en versión nueva. Pero esos trocitos eran apenas cinco segundos en medio de los bombos, y en seguida se apagaba la euforia colectiva y volvíamos todos con decaimiento a bailar el obligatorio chunda chunda. Todos pagamos 15 euros con derecho a una sola copa por tragar con esta mierda de música que visiblemente no está motivando a nadie, y al DJ encima le ponemos en un podium. Hmmmm...
Cuando veo entornos así, pierdo un poco la fe, y siento que toda la lucha por los derechos de los gays finalmente nos ha llevado a sitios como esta discoteca llena de gente obsesionada con su físico, aparentando y haciéndose la distante e interesante, bailando por quedar de guay al ritmo de una música que la mayoría no está disfrutando. Y más deprimente me resulta todo esto cuando lo comparo con el caso de una persona que recientemente he conocido, proveniente de un país africano, que por su activismo en favor de la igualdad se ha expuesto a amenazas de muerte incluso.
A nivel ya personal, según avanzaba la noche me fui sintiendo y quedando más y más desconectado de los compis y de la gente alrededor. Ocurre que todos en mi grupo eran menores que yo, algunos bastante, y otros simplemente en una órbita distinta, y a fin de cuentas se nota. Era un círculo vicioso, porque cuanto menos hablaba, menos me apetecía hablar, y más descolgado me iba quedando. Por no decir que mi voz es tan débil que mantener conversaciones en una discoteca o un bar lleno siempre me ha resultado muy difícil... Para no mentir, tengo que decir también que en medio de todos estos tíos que no se ajustan nada a mi tipo, alguno que otro sí me pareció atractivo, pero no ligué con nadie, y eso también de desanima un poco. Para empezar no puedo, porque ahora estoy con Ikki, y sinceramente traté de frenarme con uno en concreto que se me puso a hablar y que me gustó bastante. Así que por un lado yo no me dejé llevar demasiado, y el entorno en general tampoco me daba mucha posibilidad. Y la verdad es que ir a una discoteca y sentirte un tanto invisible es, tengo que reconocerlo, un poco deprimente. Yo también entro en la rueda de la superficialidad, sí.
En fin. A veces, salir por la noche, más que algo divertido, es como entrar un mundo paralelo bastante oscuro y bastante hostil, y enfrentarte a lo más turbio de ti mismo y de los demás
.
lunes, 10 de febrero de 2014
Sí a todo
Chicos, en un momento de impulso positivo, decidí volver a intentarlo con Ikki. No sé si hice bien, no sé si hice mal. De momento me siento bien, y quiero limitarme a vivir el día a día. Aunque a ratos aparezcan nubarrones, de los que hablaré al final.
Como mínimo, uno de mis propósitos para 2014 lo estoy llevando a rajatabla: el del sí a todo. A menos que alguien me proponga tirarme por un puente o caminar sobre cristales rotos, etc., soy el hombre del sí.
Ahora, tengo que decir también que el camino del "Sí a todo" me está resultando estresante y duro.
No dejo de ser una persona muy tímida y con muchas inseguridades, y me resulta difícil estar constantemente saliéndome de la zona de confort y exponiéndome a situaciones y gente nueva. Hace poco, un fin de semana, cené y comí con dos grupos de gente distintos (en días distintos, también). Todo gente relacionada con un deporte que hago.
En el primero de estos grupos digamos que conocía a dos o tres de sus miembros, pero cuando llegó la cena, fui descubriendo con inquietud que ellos habían formado una peña numerosa (¿más de veinte quizás?) y mucho más unida de lo que me pensaba, con sus anécdotas, su grupo de wasap, su nombre de grupo, sus bromas... Si hay una situación social que se me hace dura por encima de todo es verme rodeado de una gente que conforman un grupo de amigos. Esa sensación de no saber de dónde agarrarte, en quién apoyarte, cómo "entrar" en algo que está ya tan formado. Y eso por no decir que en este tipo de grupos lo que prima son las conversaciones de broma, donde unos y otros se toman el pelo mutuamente y no suele haber un "tema" de coversación realmente. Me manejo fatal en las conversaciones-de-tomarse-el-pelo, porque no es mi estilo para nada y bueno, en realidad si no eres parte de un grupo realmente no tienes mucho que decir. Para más incomodidad, entre broma y broma estaban planeando sus disfraces de grupo para estos carnavales, y yo no sabía ni para dónde mirar. ¿Me invitarían, no me invitarían, se sentirían obligados a invitarme? Bueno, finalmente digamos que una de las chicas que conocía de antes me medio-invitó. Fue un poco abstracto y en el aire todo y no sé si llegará a ocurrir. Pero en fin, ahí de nuevo dije que sí, o para ser sincero dije algo así como "ah, pues bueno" con la boca, digamos, mediana. No me pidáis milagros. Pero si se concreta la invitación, iré, y que sea lo que dios quiera.
El domingo se repitió algo similar. En esta ocasión conocía un poquito a una chica del grupo en cuestión, y de medio rato a otros dos. La situación, básicamente la misma que el párrafo anterior: las conversaciones de bromas, el no saber bien cómo trabar conversación y con quién, etc.
Quizás leyéndome imagináis que me quedo en una esquina atemorizado y escuchando a los demás hablar y reírse, pero no es exactamente la verdad. En realidad quedarme callado me daría más vergüenza aún, y trato de trabar conversación a menudo con quien pueda y como pueda.
Llega un punto en que te preguntas si es que la situación en sí misma es difícil y esto no es culpa mía, o si es que simplemente no soy compatible con la mayoría de la gente y su sentido del humor, si es que sí es culpa mía que lo hago mal, si emito unas ondas de "busco amigos" que echan para atrás... No sé, el caso es que sinceramente tengo la sensación de estar todo el rato lanzando la caña, de estar saliendo hacia afuera. Me recuerdo, este mismo domingo, tratando de dar conversación a una chica sentada a mi derecha, con su silla ligeramente ladeada hacia su derecha, es decir, dándome en parte la espalda, y respondiendo ante los intentos de trabar conversación, sí, pero nunca preguntándome a mí o iniciando la conversación ella. Quizás ella en concreto era un poco difícil; la verdad es que con otra gente fue mucho más fácil, e incluso hicieron por dirigirse a mí. Me gustaría a veces que me acompañara un coach invisible y me dijera exactamente qué hago mal o si es que no es culpa de nadie. Hace años, cuando me marché de casa para estudiar fuera, mi madre me escribió algo que me impactó muchísimo y nunca he olvidado.
Venía a decir algo así que como no tratara de adaptarme a la gente, sino que dejara que fueran ellos los que vinieran a por mí.
Quizás así leído os parece un consejo horrible; el caso es que no recuerdo las palabras exactas, pero me impactó mucho, porque desde luego me siento como que estoy constantemente adaptándome a los demás. Sin embargo, a veces ves a gente profundamente distinta, que no hace nada por pulir sus "rarezas", y están rodeados de gente afín. Gente con gustos musicales infrecuentes, gente con aspiraciones raras, gente con un sentido del humor o una cultura que les distancian radicalmente de la mayoría.
Mi prima, con diez años, viendo un DVD de Maria Callas con su amiga de su edad, a la que también le gustaba Maria Callas. Aslaska y Mario, con un gusto estético y artístico muy alejado de la mayoría, juntos, debatiendo sobre alguna desconocida peli de serie B. Grupos de amigos fans de Star Wars peleándose con espadas láser de plástico en el parque. Grupos de amigos que van juntos al concierto de un grupo tan desconocido que el aforo del recinto no supera las mil personas.
¿Ha sido casualidad? ¿Es una energía que uno proyecta? ¿Es suerte? ¿Cómo lo han hecho?
Por momentos no puedo evitar preguntarme si no me estoy dando cabezazos contra la pared y no me va a servir de nada forzarme a este tipo de situaciones. Si sólo me va a servir para pasar ratos de incomodidad y desanirmarme por sentirme solo entre una multitud, que es un tipo de soledad especialmenet dañino. Si quizás hay que rendirse al destino y dejar que me aparezcan amigos espontáneamente, sin buscarlo, si es que aparecen, y si no pues nada. Hacer como dice mi madre y ser radicalmente yo mismo y que se acerque quien quiera. A mí eso no me sale fácilmente.
De momento sigo con el plan, porque la verdad es el consejo que me daría a mi mismo si yo fuera otro, y como dijo una amiga, cuantas más puertas golpees más posibilidades hay de que una se abra.
Hoy veía en YouTube un video del proyecto It Gets Better (gente gay explicando lo dura que fue su infancia/adolescencia, y cómo las cosas con el tiempo siempre van a mejor, para animar a gente que esté pasándolo mal).
El video era hermoso, pero tengo que decir que me ha dejado revuelto. En primer lugar ocurre que el chico del video me gustó. Me angustia cuando alguien me gusta de esa manera. El hombre en cuestión está casado, con otro hombre, y por lo que se ve, muy feliz. Se le veía en paz consigo mismo. Yo estoy otra vez con Ikki, y no me gusta encontrarme con gente que me guste. Ahora me diréis que es nomal, que tenemos ojos en la cara, etc, pero veo a este tío en el video, le veo hablando de su marido, tan bonachón y sencillo, y no le imagino sintiéndose atraído por otro. Ocurre además que el hombre hablaba de la época en que salió del armario, del agradecimiento y cariño que sintió por la gente que le rodeó en esos momentos, y de cómo fue un año emocionante y duro pero maravilloso de su vida.
Y yo sentí al escucharle una mezcla de celos y melancolía. Mi época de salir del armario no fue nada épica ni emocionante, y fue bastante amarga, porque se solapó con el momento en que mi entonces mejor amigo, también gay, entró en otra órbita, conoció a otra gente, conoció a su primer novio, y bueno, floreció. Y yo medio-entré en ese grupo, pero nunca fui uno más y acabé excluido de él de forma natural, y al final todo se tiñó de amargura y tristeza, porque a este amigo lo quise muchísimo y sentía una conexión con él que prácticamente nunca antes ni después he sentido. Total, que más que un momento de salir, tener experiencias y disfrutar de la recién encontrada libertad, fue un momento de sentirme solo y "dejado atrás".
En fin. Casi al final del video, el hombre dice una reflexión bonita y universal, que me viene al pelo para mis planes de este año. Que ánimo, porque por muy particular que seas, siempre hay alguien por ahí con quien puedes encajar.
Ahora que estoy con Ikki de nuevo ya no me siento solo, pero esto no es la solución, sigo queriendo hacer amigos de verdad en esta ciudad, porque ya es casi una obsesión. No sé cómo explicarlo pero es como que tengo que demostrarme a mí mismo que existe gente ahí fuera quie pueden ser mis nuevos amigos de verdad, con los que puedo encajar, ser yo mismo de verdad.
Como mínimo, uno de mis propósitos para 2014 lo estoy llevando a rajatabla: el del sí a todo. A menos que alguien me proponga tirarme por un puente o caminar sobre cristales rotos, etc., soy el hombre del sí.
Ahora, tengo que decir también que el camino del "Sí a todo" me está resultando estresante y duro.
No dejo de ser una persona muy tímida y con muchas inseguridades, y me resulta difícil estar constantemente saliéndome de la zona de confort y exponiéndome a situaciones y gente nueva. Hace poco, un fin de semana, cené y comí con dos grupos de gente distintos (en días distintos, también). Todo gente relacionada con un deporte que hago.
En el primero de estos grupos digamos que conocía a dos o tres de sus miembros, pero cuando llegó la cena, fui descubriendo con inquietud que ellos habían formado una peña numerosa (¿más de veinte quizás?) y mucho más unida de lo que me pensaba, con sus anécdotas, su grupo de wasap, su nombre de grupo, sus bromas... Si hay una situación social que se me hace dura por encima de todo es verme rodeado de una gente que conforman un grupo de amigos. Esa sensación de no saber de dónde agarrarte, en quién apoyarte, cómo "entrar" en algo que está ya tan formado. Y eso por no decir que en este tipo de grupos lo que prima son las conversaciones de broma, donde unos y otros se toman el pelo mutuamente y no suele haber un "tema" de coversación realmente. Me manejo fatal en las conversaciones-de-tomarse-el-pelo, porque no es mi estilo para nada y bueno, en realidad si no eres parte de un grupo realmente no tienes mucho que decir. Para más incomodidad, entre broma y broma estaban planeando sus disfraces de grupo para estos carnavales, y yo no sabía ni para dónde mirar. ¿Me invitarían, no me invitarían, se sentirían obligados a invitarme? Bueno, finalmente digamos que una de las chicas que conocía de antes me medio-invitó. Fue un poco abstracto y en el aire todo y no sé si llegará a ocurrir. Pero en fin, ahí de nuevo dije que sí, o para ser sincero dije algo así como "ah, pues bueno" con la boca, digamos, mediana. No me pidáis milagros. Pero si se concreta la invitación, iré, y que sea lo que dios quiera.
El domingo se repitió algo similar. En esta ocasión conocía un poquito a una chica del grupo en cuestión, y de medio rato a otros dos. La situación, básicamente la misma que el párrafo anterior: las conversaciones de bromas, el no saber bien cómo trabar conversación y con quién, etc.
Quizás leyéndome imagináis que me quedo en una esquina atemorizado y escuchando a los demás hablar y reírse, pero no es exactamente la verdad. En realidad quedarme callado me daría más vergüenza aún, y trato de trabar conversación a menudo con quien pueda y como pueda.
Llega un punto en que te preguntas si es que la situación en sí misma es difícil y esto no es culpa mía, o si es que simplemente no soy compatible con la mayoría de la gente y su sentido del humor, si es que sí es culpa mía que lo hago mal, si emito unas ondas de "busco amigos" que echan para atrás... No sé, el caso es que sinceramente tengo la sensación de estar todo el rato lanzando la caña, de estar saliendo hacia afuera. Me recuerdo, este mismo domingo, tratando de dar conversación a una chica sentada a mi derecha, con su silla ligeramente ladeada hacia su derecha, es decir, dándome en parte la espalda, y respondiendo ante los intentos de trabar conversación, sí, pero nunca preguntándome a mí o iniciando la conversación ella. Quizás ella en concreto era un poco difícil; la verdad es que con otra gente fue mucho más fácil, e incluso hicieron por dirigirse a mí. Me gustaría a veces que me acompañara un coach invisible y me dijera exactamente qué hago mal o si es que no es culpa de nadie. Hace años, cuando me marché de casa para estudiar fuera, mi madre me escribió algo que me impactó muchísimo y nunca he olvidado.
Venía a decir algo así que como no tratara de adaptarme a la gente, sino que dejara que fueran ellos los que vinieran a por mí.
Quizás así leído os parece un consejo horrible; el caso es que no recuerdo las palabras exactas, pero me impactó mucho, porque desde luego me siento como que estoy constantemente adaptándome a los demás. Sin embargo, a veces ves a gente profundamente distinta, que no hace nada por pulir sus "rarezas", y están rodeados de gente afín. Gente con gustos musicales infrecuentes, gente con aspiraciones raras, gente con un sentido del humor o una cultura que les distancian radicalmente de la mayoría.
Mi prima, con diez años, viendo un DVD de Maria Callas con su amiga de su edad, a la que también le gustaba Maria Callas. Aslaska y Mario, con un gusto estético y artístico muy alejado de la mayoría, juntos, debatiendo sobre alguna desconocida peli de serie B. Grupos de amigos fans de Star Wars peleándose con espadas láser de plástico en el parque. Grupos de amigos que van juntos al concierto de un grupo tan desconocido que el aforo del recinto no supera las mil personas.
¿Ha sido casualidad? ¿Es una energía que uno proyecta? ¿Es suerte? ¿Cómo lo han hecho?
Por momentos no puedo evitar preguntarme si no me estoy dando cabezazos contra la pared y no me va a servir de nada forzarme a este tipo de situaciones. Si sólo me va a servir para pasar ratos de incomodidad y desanirmarme por sentirme solo entre una multitud, que es un tipo de soledad especialmenet dañino. Si quizás hay que rendirse al destino y dejar que me aparezcan amigos espontáneamente, sin buscarlo, si es que aparecen, y si no pues nada. Hacer como dice mi madre y ser radicalmente yo mismo y que se acerque quien quiera. A mí eso no me sale fácilmente.
De momento sigo con el plan, porque la verdad es el consejo que me daría a mi mismo si yo fuera otro, y como dijo una amiga, cuantas más puertas golpees más posibilidades hay de que una se abra.
Hoy veía en YouTube un video del proyecto It Gets Better (gente gay explicando lo dura que fue su infancia/adolescencia, y cómo las cosas con el tiempo siempre van a mejor, para animar a gente que esté pasándolo mal).
El video era hermoso, pero tengo que decir que me ha dejado revuelto. En primer lugar ocurre que el chico del video me gustó. Me angustia cuando alguien me gusta de esa manera. El hombre en cuestión está casado, con otro hombre, y por lo que se ve, muy feliz. Se le veía en paz consigo mismo. Yo estoy otra vez con Ikki, y no me gusta encontrarme con gente que me guste. Ahora me diréis que es nomal, que tenemos ojos en la cara, etc, pero veo a este tío en el video, le veo hablando de su marido, tan bonachón y sencillo, y no le imagino sintiéndose atraído por otro. Ocurre además que el hombre hablaba de la época en que salió del armario, del agradecimiento y cariño que sintió por la gente que le rodeó en esos momentos, y de cómo fue un año emocionante y duro pero maravilloso de su vida.
Y yo sentí al escucharle una mezcla de celos y melancolía. Mi época de salir del armario no fue nada épica ni emocionante, y fue bastante amarga, porque se solapó con el momento en que mi entonces mejor amigo, también gay, entró en otra órbita, conoció a otra gente, conoció a su primer novio, y bueno, floreció. Y yo medio-entré en ese grupo, pero nunca fui uno más y acabé excluido de él de forma natural, y al final todo se tiñó de amargura y tristeza, porque a este amigo lo quise muchísimo y sentía una conexión con él que prácticamente nunca antes ni después he sentido. Total, que más que un momento de salir, tener experiencias y disfrutar de la recién encontrada libertad, fue un momento de sentirme solo y "dejado atrás".
En fin. Casi al final del video, el hombre dice una reflexión bonita y universal, que me viene al pelo para mis planes de este año. Que ánimo, porque por muy particular que seas, siempre hay alguien por ahí con quien puedes encajar.
Ahora que estoy con Ikki de nuevo ya no me siento solo, pero esto no es la solución, sigo queriendo hacer amigos de verdad en esta ciudad, porque ya es casi una obsesión. No sé cómo explicarlo pero es como que tengo que demostrarme a mí mismo que existe gente ahí fuera quie pueden ser mis nuevos amigos de verdad, con los que puedo encajar, ser yo mismo de verdad.
miércoles, 1 de enero de 2014
La batalla de este año
Así a bote pronto tengo la impresión de que este es el primer año que escribo la tradicional entrada de propósitos para año nuevo el mismo dia uno. Aún no he revisado la del año anterior (sólo recuerdo que puse que quería aprender a silbar fuerte con los dedos, y al recordarlo me parece que fue hace unos pocos meses, seis como mucho, dios mío). No logré ese propósito, pero lo increíble es lo rapidísimo que se me ha pasado este año. Dicen que eso es sinónimo de haberlo pasado bien, pero de verdad puedo prometer que no es el caso. Sólo por cambiar de fecha no creo que vaya a salir automáticamente de la oscuridad que he vivido este año, pero en fin, uno se consuela pensando este tipo de cosas.
Un año está lleno de momentos buenos y malos, y en realidad tratar de resumirlo y etiquetarlo con un sólo adjetivo quizás es demasiado. Sin embargo, nunca como este año he sentido en el mundo en general y en mí mismo en particular tantas ganas de cambiar de cifra... Pero para eso precisamente están los propósitos. Para dejar de lloriquear y tomar cartas en el asunto. Para responsabilizarnos de todo lo que sí depende de nosotros. Fin del rollo, allá va mi lista de propósitos. Una vez más vamos a intentar que estos doce meses cuenten:
1. Salir del segundo armario Sí, el que yo sea gay en la gran mayoría de los ámbitos, siendo sinceros, ya da igual. No me rodea gente ultraconservadora. Pero he aquí el segundo armario: el tipo de hombre que me gusta rompe las expectativas de muchos. Me gustan gorditos, me gustan con pelo, me gustan maduros, me gustan sencillotes que tienen un halo de normalidad, me gustan los no-guapos. No los voy a llamar feos porque el adejetivo se usa muy alegremente y no lo comparto casi nunca, pero sí os cuento una cosa: los hombres calificados como oficialmente guapos me dejan frío. Los Míster, los actores guaperas, los modelos me atraen prácticamente igual de poco o nada que las chicas. Pues esta confesión que pongo aquí, en público me cuesta horrores hacerla. Porque me da miedo que la gente crea que soy un perturbado, un raro, un asqueroso. Pues este es el reto: hablar abiertamente de quién me gusta y quién no, y actuar en consecuencia. Descansa en paz, James Gandolfini.
2. Hacer amigos en la ciudad donde resido. Gran e importane reto. Esto no puede continuar así. Sí, es difícil cuando se es tímido, cuando no estás ya en el cole o en la universidad. Pues por ser difícil precisamente es que hay que ponerle más empeño.
3. Simplemente dí que sí. Sí a los planes, sí a las propuesas que te dan miedo o incluso pánico, sí a salirte de lo seguro, sí a ese plan en el que no sabes si encajarás. Sí, sí, sí. Sólo los sí te llevan a sitios.
4. Deja de dejarlo todo para luego. Seguro que si me pogo a revisar el blog esto me lo he propueso ya mil veces. Bueno, ya sabes por experiencia la de problemas que trae procrastinar, la de dinero, tiempo y oportunidades que pierdes, la gente a la que ofendes, las mil cosas negativas que se derivan de hacer las cosas mal y tarde. Esta, aunque es algo muy incrustado en mí, comparativamente es fácil.
5. Aprender a reconocer los caprichos tontos y diferenciarlos de lo que es necesario. ¿De verdad necesito ese objeto? ¿Me hace falta esa ropa? ¿Vale la pena ver esa peli? All you need is now, dice una canción. El consumismo tonto, al final, no llena ningún hueco, y más tarde puedes darte cuenta de que ese dinero quizás habría sido mejor emplearlo en algo necesario de verdad.
6. La más difícil y abstracta. Tengo que intentar aprender a mirar dentro de mí y llegar a la verdad. Estas dudas permanentes sobre lo que deseo son terribles y casi no me dejan vivir.
Hale, allá va. Quedan muchas lágrimas por delante, inevitables e imprescindibles. Y con suerte, después, sonrisas.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Este era el peligro...
El pasado sábado tuve un lío de una noche con uno.
Quizás esto parece contradictorio con la situación de ultimátum de Ikki: si quiero volver o no. Cuando acabe la navidad.
Seguramente en realidad estoy intentando justificarme, pero sí pienso que puestos a decidir algo tan importante tengo que hacer de todo. Antes de dar el paso, estar con más gente y ver si de verdad quiero...
En fin, me veo divagar y escribir y francamente no sé a dónde quiero llegar. Ikki también ha aprovechado esta ruptura/tiempo muerto para liarse con otros durante estos meses, pero él por lo que se ve ya tomó una decisión, y quiere volver simplemente.
Yo, a base de emplear esta libertad estos meses, he llegado a esto que me pasó el sábado. Pues nada, nos conocimos en el chat y quedamos. La conversación por chat fue bastante más simpática y graciosilla de lo habitual (en ocasiones parece que chateas con un robot, de tan frío y mecánico que es todo con algunos). El hombre en cuestión me dio buenas vibraciones.
Y bueno, fuimos a su casa. A lo largo de este medio año experimentador, me he quitado casi por completo la carga de San Ronan que llevaba, y pensaba que era bastante capaz de tener sexo casi-anónimo, disfrutarlo, y seguir tranquilamente con ese puntito de autoestima extra que te da el sentirte deseado.
Bueno, pues la cosa esta vez se torció. Por alguna razón, el hombre esta vez me intimidó bastante, y aunque finalmente disfruté del rato, no estuve tan relajado como habría querido. Me fui a dormir, pensando si me escribiría poco después. Hasta ahora siempre habia sido así... un rato, unas horas, un día después, los hombres en cuestión me habían escrito un mensajillo para decirme lo bien que había estado y si querria repetir. Y ese mensaje del día después era como una droga. Otro masaje a la autoestima. Sentirte un poco más "humanizado" y menos objeto. Pensar que al otro le habías gustado lo bastante para querer más.
Pues nada de eso esta vez.
Al llegar la noche del día siguiente, no pude más y le envié un email (sólo tenemos los emails como forma de contacto). Me contuve: un email muy breve, dicéndole que me había parecido simpático y atractivo y que si quisiera repetir... Y hasta hoy no he sabido nada. Y siendo realista, a estas alturas ya parece claro que no voy a saber nada más....
Y os parecerá una estupidez, pero el hecho es que el tema me tiene mal. Compruebo el correo mil veces al día, tengo miles de pequeños bajones cada vez que veo que nada, y hoy miércoles sigo luchando con el impulso de escribirle otra vez y decirle que por favor al menos me responda algo. Que prefiere no repetir, que tiene novio (esta es la idea que se me ha metido en la cabeza, por un par de pistas que tengo), que en realidad aquello fue un error y no le gusta el sexo esporádico. Lo que sea, pero saber algo :(
Estoy constantemente repitiendo mentalmente el rato que pasamos, y tratando de deducir sus pensamientos. Pareció gustarle. Me sonreía mucho, con una sonrisa muy cálida. Dijo cosas bonitas de mi cuerpo. Me preguntó un poco por mi vida. Al acabar no fue brusco en echarme corriendo. Me dijo que no cogiera frío. Me dijo que teníamos los correos (para volver a quedar, se sobreentiende).También es verdad que durante el sexo parecía evitar besarme y hacía cosas como morder los labios en lugar de eso...
Y en fin, no sé...
Parecerá ridículo, pero con ninguno hasta ahora me había pasado sentirme así de desestabilizado. Me da miedo decir que me ha gustado de verdad, porque fue todo muy rápido y para qué negarlo, superficial, pero la verdad, me gustaría volver a verle, y si fuera sólo para tomar un café también. Me siento como si por dentro me hubiese quedado a falta de algo.
Es posible que todo esto sea simplemente que soy profundamente dependiente e inseguro, y necesito como una droga la aprobación y el aprecio, y no es que tenga ninguna clase de principio de sentimientos reales hacia este hombre ni nada así. Pero sea lo que sea, me paso el día pensando en él. Y en si me lo cruzaré por la calle, y cosas así.
Al embarcarme en esto, la opinión de Ikki había sido que yo no sé separar el sexo de los sentimientos, y quizás esto es la prueba. No puedo tomármelo como un desahogo y hala, la vida sigue. El peligro de tener relaciones esporádicas es que iba a llegar el día en que me sintiera vacío, que necesitaba más.
Y a todas estas, la semana próxima me marcho muy lejos, a mi ciudad, y a la vuelta, toca decirle a Ikki sí o no.
Quizás esto parece contradictorio con la situación de ultimátum de Ikki: si quiero volver o no. Cuando acabe la navidad.
Seguramente en realidad estoy intentando justificarme, pero sí pienso que puestos a decidir algo tan importante tengo que hacer de todo. Antes de dar el paso, estar con más gente y ver si de verdad quiero...
En fin, me veo divagar y escribir y francamente no sé a dónde quiero llegar. Ikki también ha aprovechado esta ruptura/tiempo muerto para liarse con otros durante estos meses, pero él por lo que se ve ya tomó una decisión, y quiere volver simplemente.
Yo, a base de emplear esta libertad estos meses, he llegado a esto que me pasó el sábado. Pues nada, nos conocimos en el chat y quedamos. La conversación por chat fue bastante más simpática y graciosilla de lo habitual (en ocasiones parece que chateas con un robot, de tan frío y mecánico que es todo con algunos). El hombre en cuestión me dio buenas vibraciones.
Y bueno, fuimos a su casa. A lo largo de este medio año experimentador, me he quitado casi por completo la carga de San Ronan que llevaba, y pensaba que era bastante capaz de tener sexo casi-anónimo, disfrutarlo, y seguir tranquilamente con ese puntito de autoestima extra que te da el sentirte deseado.
Bueno, pues la cosa esta vez se torció. Por alguna razón, el hombre esta vez me intimidó bastante, y aunque finalmente disfruté del rato, no estuve tan relajado como habría querido. Me fui a dormir, pensando si me escribiría poco después. Hasta ahora siempre habia sido así... un rato, unas horas, un día después, los hombres en cuestión me habían escrito un mensajillo para decirme lo bien que había estado y si querria repetir. Y ese mensaje del día después era como una droga. Otro masaje a la autoestima. Sentirte un poco más "humanizado" y menos objeto. Pensar que al otro le habías gustado lo bastante para querer más.
Pues nada de eso esta vez.
Al llegar la noche del día siguiente, no pude más y le envié un email (sólo tenemos los emails como forma de contacto). Me contuve: un email muy breve, dicéndole que me había parecido simpático y atractivo y que si quisiera repetir... Y hasta hoy no he sabido nada. Y siendo realista, a estas alturas ya parece claro que no voy a saber nada más....
Y os parecerá una estupidez, pero el hecho es que el tema me tiene mal. Compruebo el correo mil veces al día, tengo miles de pequeños bajones cada vez que veo que nada, y hoy miércoles sigo luchando con el impulso de escribirle otra vez y decirle que por favor al menos me responda algo. Que prefiere no repetir, que tiene novio (esta es la idea que se me ha metido en la cabeza, por un par de pistas que tengo), que en realidad aquello fue un error y no le gusta el sexo esporádico. Lo que sea, pero saber algo :(
Estoy constantemente repitiendo mentalmente el rato que pasamos, y tratando de deducir sus pensamientos. Pareció gustarle. Me sonreía mucho, con una sonrisa muy cálida. Dijo cosas bonitas de mi cuerpo. Me preguntó un poco por mi vida. Al acabar no fue brusco en echarme corriendo. Me dijo que no cogiera frío. Me dijo que teníamos los correos (para volver a quedar, se sobreentiende).También es verdad que durante el sexo parecía evitar besarme y hacía cosas como morder los labios en lugar de eso...
Y en fin, no sé...
Parecerá ridículo, pero con ninguno hasta ahora me había pasado sentirme así de desestabilizado. Me da miedo decir que me ha gustado de verdad, porque fue todo muy rápido y para qué negarlo, superficial, pero la verdad, me gustaría volver a verle, y si fuera sólo para tomar un café también. Me siento como si por dentro me hubiese quedado a falta de algo.
Es posible que todo esto sea simplemente que soy profundamente dependiente e inseguro, y necesito como una droga la aprobación y el aprecio, y no es que tenga ninguna clase de principio de sentimientos reales hacia este hombre ni nada así. Pero sea lo que sea, me paso el día pensando en él. Y en si me lo cruzaré por la calle, y cosas así.
Al embarcarme en esto, la opinión de Ikki había sido que yo no sé separar el sexo de los sentimientos, y quizás esto es la prueba. No puedo tomármelo como un desahogo y hala, la vida sigue. El peligro de tener relaciones esporádicas es que iba a llegar el día en que me sintiera vacío, que necesitaba más.
Y a todas estas, la semana próxima me marcho muy lejos, a mi ciudad, y a la vuelta, toca decirle a Ikki sí o no.
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